—¿Qué prefieres? ¿Odio o amor? –Me miró con expresión burlona, sabedor de
que me resultaría imposible escapar de la esquina contra la que me tenía
arrinconado.
—¿Puedo reírme de tu mierda de tatuaje antes
de que me partas la cara? –ya de perdidos al río, la única arma que
me quedaba era el sarcasmo. Miré con apuro las letras plomizas en sus falanges regordetas. No sé cuál de los dos era más imbécil, si él con su
sonrisa bobalicona o yo con mis ironías desesperadas. Sea como fuere, los
nervios hicieron que olvidara la regla fundamental del sarcasmo: este solo
funciona con las mentes ágiles.
Supongo
que me lo merecía. Al final recibí a partes iguales, aunque el odio, encarnado
en la siniestra, tenía nudillos más curtidos. Aquel gigante pellejudo debía ser
zurdo de peleas y poco diestro en todo lo demás. Por favor. Si hasta
llevaba el amor de madre en el brazo derecho. Cuando se hartó de
darme golpes me propinó una última patada en las costillas, agarró mis
botas y echó a correr por el asfalto agitando los brazos como el lerdo que
era.
Luego solo recuerdo
algunos minutos interminables de dolor, escupitajos sanguinolentos,
improperios varios y un cristal clavado en mi pie desnudo mientras avanzaba
dando tumbos hasta la principal en dirección a mi casa. Nunca intentes robarle
a un gigante dormido o, si eres lo suficientemente gilipollas como para
arriesgarte, procura correr más rápido que yo.
Me tumbé en el suelo
boca abajo, bistec en el ojo, y dejé que el frío del azulejo despejara mi
cerebro embotado. Gemí cuando me di la vuelta. Decidí que antes de ir al hospital a que me
viera un médico disfrutaría esa chuleta acompañada con algunas papas y salsa
ranchera, solo por si nunca más salía de allí. Los médicos se me antojaban más
terribles que los garrulos de metro noventa y cinco.
3 comentarios:
Me he reído y todo. Me gusta
¡Muchas gracias!
ES GENIAL <3
Publicar un comentario