lunes, 15 de diciembre de 2014

Lo mismo daba

—¿Qué prefieres? ¿Odio o amor? Me miró con expresión burlona, sabedor de que me resultaría imposible escapar de la esquina contra la que me tenía arrinconado.
—¿Puedo reírme de tu mierda de tatuaje antes de que me partas la cara? ya de perdidos al río, la única arma que me quedaba era el sarcasmo. Miré con apuro las letras plomizas en sus falanges regordetas. No sé cuál de los dos era más imbécil, si él con su sonrisa bobalicona o yo con mis ironías desesperadas. Sea como fuere, los nervios hicieron que olvidara la regla fundamental del sarcasmo: este solo funciona con las mentes ágiles. 
      Supongo que me lo merecía. Al final recibí a partes iguales, aunque el odio, encarnado en la siniestra, tenía nudillos más curtidos. Aquel gigante pellejudo debía ser zurdo de peleas y poco diestro en todo lo demás. Por favor. Si hasta llevaba el amor de madre en el brazo derecho. Cuando se hartó de darme golpes me propinó una última patada en las costillas, agarró mis botas y echó a correr por el asfalto agitando los brazos como el lerdo que era.
         Luego solo recuerdo algunos minutos interminables de dolor, escupitajos sanguinolentos, improperios varios y un cristal clavado en mi pie desnudo mientras avanzaba dando tumbos hasta la principal en dirección a mi casa. Nunca intentes robarle a un gigante dormido o, si eres lo suficientemente gilipollas como para arriesgarte, procura correr más rápido que yo.
         Me tumbé en el suelo boca abajo, bistec en el ojo, y dejé que el frío del azulejo despejara mi cerebro embotado. Gemí cuando me di la vuelta. Decidí que antes de ir al hospital a que me viera un médico disfrutaría esa chuleta acompañada con algunas papas y salsa ranchera, solo por si nunca más salía de allí. Los médicos se me antojaban más terribles que los garrulos de metro noventa y cinco.