Vincent eyaculó en la puerta de la nevera. El fluido
viscoso se adhirió rápidamente a los folletos publicitarios, pegados con imanes,
de viejos negocios de comida para llevar, posiblemente ya clausurados. Se
arrepintió un milisegundo después. Mierda…mierda.
Debía asumir que tenía un problema. Sus colegas apostaban más por drogas duras
o chutes de adrenalina controlados; él prefería sacudírsela en las noches de
lamentos y estrellas burlonas. A cada uno
lo que le corresponde.
Vaciar
los testículos con frecuencia malsana no podía ser tan grave. No podía serlo ¿no? Limpió con el canto
de la mano el pequeño desastre y la agitó encima de la pila cubierta de platos
sin lavar. Suspiró, sacó una birra
del viejo frigorífico y permaneció, lo que le parecieron horas, sentado en el frío
linóleo cuarteado con las rodillas flexionadas.
La
lata terminó por calentarse y el líquido, aún sin consumir, se le antojó agrio
y desagradable. Estrujó el recipiente entre los dedos y lo lanzó lejos. Ahí,
desde su posición, pudo ver en contrapicado la mesa cuadriculada de conglomerado
con sus características patas de aluminio superoxidantes.
Una cucaracha trataba de buscar un escondrijo entre las uniones carcomidas.
Vincent
eructó con desgana. Quizás debería pasear algo más a horas nocturnas entre
personas y evitar las noches solitarias; quizás así no repitiera con tanta
frecuencia la fórmula de consuelo y quizás, por qué no, una mujer le encontrase
atractivo sin empuñar algunos billetes mugrientos.
La catatonia de la electricidad, ángulos agresivos,
intimidatorios; y esa locura, esa jodida locura que terminaba por embotarle la
mente y alimentar con rabia sus inclinaciones misántropas. No era una aversión
manifiesta y, en realidad, comprendía que, como bichos de la misma colmena,
esos seres bulliciosos y egoístas que le rodeaban entretenían su mente con
estúpidos programas de la vieja caja y pagaban su pensión alimenticia. Era una
cuestión de utilitarismo y pragmática al fin y al cabo. No muerdas la mano que te da de comer. Vincent quiso convencerse de
ello.
Por
una vez en muchas semanas, salía a la noche luminosa; el numerito de la nevera
fue demasiado para él. La calle era como una puesta en escena sin orden ni dirección.
Fosfenos, malditos fosfenos; ahí estaban haciéndole tambalear.
Ahora
recordaba por qué odiaba la calle, el bullicio, las caras hieráticas y las
risas falsas, es más, ahora sí que recordaba por qué le daban escalofríos esas
viejas canciones-cliché y sus penosos esfuerzos por ofrecer lecciones de vida
baratas «No olvides que te quiero, el amor cariño, oh si, el amor nunca termina…»
Qué sabrás tú jodida furcia, qué sabrás
tú; vuelve a tu mansión de Malibú y entierra tu maldita cabeza entre
montoncitos de coca.
Resultaba
sorprendentemente fácil adaptarse a la dinámica de la calle, podías elegir el
rol de salmón o dejar que la corriente te arrastrara a cualquier rincón
terrible. Vincent vislumbró uno de ese tipo. Terrible y entrañable, a mi gusto y disposición.
Una
hilera de muchachas algo variopintas y desenfadadas decoraba un muro de
ladrillos perpendicular a la calle principal. El Carnaval de las Cariátides ligeras de ropa. Vincent las examinó
una a una y reflexionó si realmente iba a tomar la misma decisión que de
costumbre. Esta vez los billetes escaseaban en su bolsillo pero la vieja
necesidad desgañitaba en su entrepierna; también el herido amor propio en su
mente al recordar que un rato antes estaba haciendo la intentona de fornicar
con un electrodoméstico.
Quizás fuera un tipo raro incluso para una
profesional. Puede que pedirle que se estuviera
quieta mientras él, simplemente se la cascaba delante de ella, le
desconcertara. No tenía motivos para quejarse, sin una sola ETS y con algunos
billetes más en la caja esa noche. Las adicciones de cada quien no eran asunto
de una veinteañera en el arroyo.
Cuando
la muchacha latina de enormes caderas abandonó la escena, Vincent yacía tumbado
en su áspero catre, con la vista clavada en el ventilador que pendía del techo.
Hacía años que el viejo aparato no funcionaba pero su presencia le recordaba
que las comodidades eran un bien preciado.
Una
nube de humo obstaculizó su vista por unos segundos. Acostumbraba a recoger
colillas usadas de los ceniceros en las estaciones de metro y terminarlas hasta
las letras. Sentía una debilidad particular por los cigarrillos con el extremo
embadurnado de carmín. Miró el que tenía en la mano, este había pertenecido a
unos labios rojos y brillantes.
Terminó
la colilla, la tiró al suelo y se acomodó entre las sábanas amarillentas. Esa
noche tuvo sueños desvaídos, demasiado fugaces para precisar sus argumentos. Lo
único que recordó con claridad al despertar fue una imagen de él, desnudo y
glorioso, en lo alto de una gran fuente de agua embarrada.
Era
algo temprano. Se arrastró fuera de la cama hasta el baño y se miró al espejo.
Su rostro reflejado en el cristal le devolvió una mueca infernal: barba de
varios días, granos, dientes opacos, una calva que surgió prematuramente hace
varias décadas y ojeras indelebles. Meó por fuera de la taza, se la sacudió y
se dirigió a la cocina.
La
pensión alcanzaba para mantener dignamente provista una pequeña alacena y
algunas bandejas de la nevera. Se sirvió un café, que aderezó con un chorro
algo excesivo de whisky, y masticó algunas pastas secas. El whisky no era
suficiente, ni por asomo, para enturbiar depresiones e ideas catastrofistas. Mejor será ir en busca de un Sol y sombra.
La calle se
había deshecho de su vestido de purpurina nocturno y esta vez lucía un traje de
ejecutivo gris y desabrido. Acorde al ambiente, varias decenas de trabajadores
se encaminaban a sus labores y algunos chiquillos corrían a sus edificios de
adoctrinamiento. Vincent se dirigió a su lugar acostumbrado, uno hecho para
viejos parias, acogedor y familiar, un sitio en el que nadie hacía preguntas y
las penas eran empapadas en largos tragos de alcohol duro.
Por
fin, la combinación de anís y coñac se deslizó por su garganta y, de pronto,
los asientos de gomaespuma barata resultaron cómodos, la luz era agradable y la
sensación de patetismo se replegó.
Esa mañana se corrió tres veces. La primera en la
falda de una rubia en el metro, sin apenas esfuerzo, la segunda en un árbol del
parque y la tercera a la sombra de ese mismo árbol, entre sollozos de rabia. Estaba
seguro de que sus rastros de ADN pringosos y furtivos le acabarían costando
caros. Es mi adicción, es mi lucha. Recordó
sus paseos por el Carnaval. Vincent apreciaba a aquel coro de rameras acogedoras.
Realmente no soy un mal cliente. Realmente
no lo era: pagaba, no pegaba y era fácil hacerle el trabajo.
¿Darle al speed? ¿Al caballo? ¿Combatir el
fuego con fuego? ¿Cómo se superaba una obsesión ligada a los más antiguos
instintos? Bueno y ¿por qué debería? Esa
noche volvió al Carnaval, a los rostros grises, al traje de gala nocturno,
nacarado y brillante. Esa noche salpicó con furia sus frustraciones en la cara
de una asiática.
Al día siguiente, después de la ración de café y
whisky acostumbrada, caminó bajo el sol con pasos huidizos. El exceso de luz le
hacía entrecerrar los ojos y estornudar cuando los destellos eran demasiado
intensos. Vagó sin intentar descubrir nada que no conociera ya, tomando como
guía de su excursión las grietas que se dibujaban en la piedra oscura de las
aceras.
Minando
el tiempo, la mañana llegó a su fin. Antes de volver a casa dejó su recuerdo en
el asiento de un autobús urbano mientras observaba a una mujer algo mayor, todo
escote y collares étnicos, bambolearse con la inercia del vehículo. Minutos más
tarde, en su apartamento, comenzó a hilar los retazos de aquel día errante.
Unas uñas de porcelana agrietadas, adornadas con esos brillantes de pegatina
hortera, le arañaron la cara. Luego un golpe en la canilla y otro en la mandíbula.
Recordar los detalles le provocó un hormigueo extraño. Puto acosador de mierda. Tendría que buscar una adicción que
socavara menos su amor propio, su percepción de la decencia y el decoro. Un alcoholismo de escritor.
La lluvia terminó por apagar la colilla moribunda.
Vincent había salido a la pequeña terraza de verja negra, en el exterior de su
habitación, a diez pisos de altura, vistiendo tan solo unos viejos pantalones
de franela. Se apoyó en la barandilla con los brazos entrecruzados, goteantes,
escupió el cigarrillo y contempló con intensidad la madrugada nubosa. El gran masturbador.
La lluvia creaba
un filtro nuevo, empañaba la visión y penetraba el tejido sintético. Abajo, el
asfalto de la calle acunaba minúsculas hormigas en movimiento. Hormigas
fumadoras, obreras, con sus narices fijas ante aparatos chillones recubiertos
de plástico. Agotó su paciencia. Bañó con especial placer la calle que tenía
bajo sus pies. Su último cartucho lanzado al vacío acabó rozando furtivamente los
labios de una joven sin paraguas, mezclado con la lluvia.
Encajó
la mirada desaprobatoria del vecino de enfrente, enarboló el dedo corazón jubiloso
y volvió a entrar en su habitación amaestrado por el alcohol, aún con el
miembro erecto y húmedo.
Arrancó
la funda acartonada de la almohada y se limpió minuciosamente; luego volvió a
colocarla en su lugar. La vieja caja seguía encendida, con la pantalla
ligeramente manchada de estática y un programa-concurso a punto de terminar. El
primer plano de un tipo escuchimizado haciendo gestos orgásmicos y ridículos;
las letras «BOTE» refulgiendo al fondo del plató. Ríe capullo, veremos cuánto has ganado cuando te cobren el impuesto.
Tumbado
en la cama comenzó a rumiar su determinación. Su querido Carnaval, sin máscaras
ni disfraces. Solo calor, paños mojados,
arrugas y sudor, y de vez en cuando, la risa de las Cariátides como agujas
penetrantes. Vincent recordó los adornos mortecinos del crack en el envés de sus
dientes; los lagrimales encajados en kohl negro e irritados por los fluidos del
último cliente y la llantina fácil de la vida callejera. Costaba asumir la despedida
y olvidar los viejos récords.
Tras
esa noche comenzó a acoger los soles y las sombras de buena gana, como viejas
amistades dispuestas a recuperar el tiempo perdido. Acogió también las resacas
interminables, los vómitos parduzcos al borde de la cama y la cirrosis
incipiente. Ignoró las rúbricas blanquecinas en las sábanas por las mañanas, no
acudió nunca más a su Carnaval de las Cariátides. Un buen día, ni siquiera se
esforzó por averiguar donde terminaba la calidez del coñac y empezaba el dulzor
del anís. Uno de esos días indistinguibles la bañera se le antojó un buen nicho
en el que reposar cubierto de alcohol.
Cualquiera
de esas noches sin lluvia, se vio a sí mismo ebrio y desencajado, regando con
decenas de litros de whisky la vieja y mohosa pila del baño. La caja estaba
enchufada al lado del espejo, sobre el lavado, con el volumen histérico y la
estática al máximo. Destapó pacientemente cada botella, con afecto, volcando su
contenido sin desperdiciar ni una gota, al tiempo que miraba la cara sudorosa
de un diputado debatiendo gilipolleces con el rostro exasperado, tras la
cortina fantasma.
Cuando
la penúltima botella esparció su contenido, acercó su nariz a la superficie
tostada y olisqueó los vapores del alcohol, que enrarecían el aire como dándole
la bienvenida. Abrió la última JW y dio un trago. Se desnudó y observó su piel
cetrina al otro lado del espejo por última vez, con la mirada desenfocada.
Ya fueron buenas las formalidades. El
tacto del whisky le recibió tibio y reconfortante; las extremidades colgando en
los bordes y la botella empañando el pensamiento. Se regocijó ante la idea de yacer
domesticado por su propia decisión, como un feto en la repisa de algún macabro
artista conceptual. La mejor forma de evaporarse aún sin la elegancia del señor
Marat.
Delirante
y magnífico, con la certeza de una dignidad renovada. Allí se ahogaría el gran
masturbador como una colilla contra el asfalto mojado.
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