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| Ilustración de Hector Pérez Acuña |
Tardaba en contestar y no me
sorprendía, la vida nocturna que llevaba este tipo le obligaba a dormir por el
día entre trabajos, encargos, humo y herramientas. Muchas veces me preguntaba las
razones de su peculiar régimen de sueño. Lo cierto es que no era su vida lo que
más me interesaba sino el meticuloso y discreto trabajo que ejercía. Manecilla
era un tipo legal. La policía le tenía bien tocadas las pelotas, debido a sus
múltiples negocios no muy ortodoxos, y no era su estilo dar chivatazos. Además
sus clientes eran gente importante, no como yo, y podían perjudicarlo si se iba
de la lengua.
Por fin contestó:
−Diga, Adam Marokov al habla
−Déjate de formalismos Manecilla,
soy yo, y además ese no es tu verdadero nombre −era un tipo peculiar sin duda−
¿Cuándo podríamos vernos?
−Debe estar en un error, no soy
más que un vendedor de libros judío−no pudo evitar una carcajada− mi familia
emigró a aquí desde Polonia en la Segunda Guerra Mundial.
−Qué buen argumento para una
novela. Tengo la micra a punto de reventar y tú contándome historias. Recuerda
que ya te llamé hace un par de semanas.
−Aunque no lo creas ya había
estado trabajando en lo tuyo. A ver…tengo un hueco a la una ¿Te viene bien?
−Perfecto
Eso significaba que tenía tiempo
para hacer mis cosas. Después de una ducha de agua fría, me vestí con lentitud
y me dirigí hacia la cuadrícula ocho, en el sector oriental. El Gobierno había
decidido después de la guerra, y el consiguiente deterioro de la ciudad, que
esta se reformaría por sectores y cuadrículas debidamente numeradas. Los
nombres de viejos ilustres en las esquinas de las calles eran cosa del pasado.
En esa cuadrícula en particular se
hallaba mi posesión más preciada. Se trataba de un mugriento y sórdido pub, mi
mugriento y sórdido pub. El único de varios sectores a la redonda que pinchaba
La Antigua Música. Abrí la herrumbrosa puerta y contemple mi tesoro. A estas
horas era una cueva húmeda y silenciosa. Infinidad de viejos carteles
grasientos mostraban mujeres enfundadas en trajes de cuero y hombres de larga
melena tocando las arcaicas guitarras eléctricas propias del milenio anterior.
Greta no se encontraba por ningún
lado. Supuse que estaría llevando las cuentas de la última semana, que por
cierto habían sido bastante buenas. Había pensado despedirla hacía ya tiempo
pero una fuerza extraña me impedía hacerlo. Supongo que se debía a que era una
mujer atractiva.
Decidí dejarlo todo para la noche.
Aún era temprano por lo que resolví ir a tomar una copa. Resultaba un tanto
extraño ir a otro bar que no fuera el propio a beber. Recordé aquella vieja
frase que recomendaba tener a los enemigos cerca. Entré arrastrando los pies y
me senté en la barra. Encendí un cigarrillo y con exagerada lentitud exhalé el
humo poco a poco pensando en lo mal que le quedaban las gafas a la camarera.
−Ginebra y limón
No era un mal garito pero la
decoración destilaba un desesperado intento por seguir de mala gana las nuevas
modas urbanas y de paso relanzar el negocio. Cera para el cabello, colores
chillones y cócteles elaborados. Y por supuesto esa música discordante de
sintetizador.
Algunos parroquianos, que encajaban
perfectamente con el ecosistema del bar como monos aulladores en lo alto de su
rama, me miraban con cierto recelo.
Apuré mi copa y salí a la mañana
grisácea. Siempre había pensado que aquella ciudad olía a podrido. Puede que
así fuera en el sentido más figurado del término pero en este caso me refería al
constante hedor que desprendía cada esquina, como si alguien hubiera olvidado
abrir la ventana de una habitación durante varios años. La pesadez del ambiente
y el aire rancio se hacían notar más durante los días nublados y húmedos como
aquel, por lo que arrugué la nariz y apresuré mis pasos.
El cuchitril de Manecilla estaba a
unas cuantas cuadrículas de mi bar, en el último piso. Crucé el portal y me
encontré a una vieja con semblante cansado y un chal de flores. Chupaba una
estropeada pipa y bajaba con dificultad las escaleras. Se paró a mirarme un
momento y continuó su camino. Llevaba el brazo vendado. Estaba claro que
Manecilla estaba en un descanso y esta vieja era su último cliente. Cada quién
tiene sus razones particulares para ocultar su identidad, pero las de una vieja
achacosa no se me ocurrían en ese momento.
La estancia, envenenada del humo
propio del tabaco barato, aparecía ante mis ojos rebosante de trastos y
cachivaches a los que únicamente su dueño encontraba significado. Un loro
robótico y desvencijado, fabricado presumiblemente con algún tipo de aleación,
pendía del techo y de vez en cuando soltaba horribles graznidos metálicos que
me desquiciaban.
−¿Por qué te gusta tanto el yute?
−quería hacerle notar que había llegado− es mejor gastar un poco más en un buen
tabaco, el pestazo se va antes.
−¿Solo sabes criticar? −respondió
con una sonrisa torcida− anda pasa, déjame echarte un vistazo.
−He visto a una vieja hecha polvo
bajar las escaleras ¿la pobre señora debe huir de la justicia a su edad? –dije
mientras me acercaba.
−Lo siento pero esa información es
confidencial −me miró con ojos divertidos– siéntate ahí. Me señalo una antigua
silla de barbero pegajosa y descuidada. Mientras me sentaba cogió de una mesa
cercana, plagada de colillas, un bisturí desechable.
−No te muevas.
Sentí el filo cortante
atravesándome la piel y con un movimiento rápido, extrajo el chip. De propina
fluyó un hilillo de sangre mezclada con una sustancia negra.
−Esta micra estaba pidiendo a
gritos que la sacaran de tu cuerpo −rió a carcajadas− eres terrible, parece que
tu sangre esté hecha de ácido ¡Mira esto!
Me mostró de cerca el chip con
unas pinzas y, como me esperaba, tenía una pinta horrible: los conductores
metálicos estaban negros y las cifras en relieve indicaban una fecha de
caducidad irrisoria dadas las circunstancias.
−¿A qué te refieres con que mi
sangre es ácido? ¿Y qué demonios es este líquido negro?
−Simplemente que tu cuerpo rechaza
más que la mayoría los circuitos integrados. Parece que genéticamente no sirves
para el control colega, aunque nadie debería −soltó otra carcajada−, y el
líquido negro no es más que oxidación. Bien ahora la cuestión es ¿dónde diablos
metí tu micra nueva?
Se alejó hasta la otra punta de la
estancia y comenzó a rebuscar en las estanterías, removiendo gavetas y hojeando
libros. En el suelo había un búho de porcelana cubierto de polvo que le hizo
tropezar.
−¡Jodienda de cacharro viejo!
−gritó furioso− ¡A la mierda con él! Lo arrojó por la ventana abierta y se
estrelló, con gran estrépito, contra la acera a los pies de una anciana
octogenaria que pasaba por allí.
−¡Hijo de puta malnacido! −berreó
blandiendo su bastón en el aire− ¡Vete a tirarle cacharros a tu madre!
−¡Cállese señora que monta más
escándalo usted que el trasto ese!
−Manecilla −dije yo− sigue cayendo
líquido negro de mi brazo.
−¡Un momento! –me gritó, y se
asomó por la ventana hasta la cintura− ¡Deje de armar jaleo antes de que llame
a la policía!
−¡Degenerado! ¡Drogadicto!
−¡Ojala tuviera droga que meterme
vieja loca, por lo menos se me haría más amena esta conversación absurda!
Después de un par de gentilezas
más la anciana se alejó cojeando hasta que desapareció por una esquina.
Manecilla continuó buscando hasta que abrió un libro, con un nombre que parecía
ruso impreso en la portada, y la encontró.
−Aquí estabas maldita. Me puse a
leer literatura soviética anoche y la usé de marcador.
−No tengo ni idea de lo que estás
hablando pero la próxima vez que hagas cualquier cosa no utilices un objeto que
vayas a introducir en mi cuerpo y, pensándolo bien, no creo que quieras llamar
a la policía.
−A las cucarachas así es lo único
que las acojona −sumergió el chip en una solución salina y lo colocó encima de
una gasa− bien, he estado trabajando en tu micra esta última semana. Tu nombre
de pila sigue siendo Alex pero he cambiado tu apellido a Terenson.
−Qué horrible.
−¡Calla y escucha! Eres
electricista, de clase media. Vives cómodamente en el sector occidental, con
estudios superiores y tienes 29 años.
−Perfecto, una mierda de trabajo y
de vida aún con estudios superiores, ya veo.
−¿Qué esperabas? ¿Ser una estrella
del rock?
−¿Te gusta esa música? −pregunté
con extrañeza. Me sorprendió oír esa palabra en boca de un tipo que adquiría
ropa barata, tomaba drogas sintéticas y escuchaba horrenda música electrónica
para ir a la moda en un intento, a menudo infructuoso, de llevarse alguna mujer
a la cama. Pero ese era Manecilla.
Mi bar estaba en éxtasis. Hacía
media hora que tocaban las Cucarachas blancas y los solos de guitarra eléctrica
eran una melodía frenética en los tímpanos de los asistentes. Greta se paseaba
de acá para allá sirviendo cerveza y yo me limitaba a observarla con deleite y
cobrar las bebidas cuando tocaba. No era un local muy grande, bastaba con dos o
tres personas para atenderlo debidamente, incluso cuando había un concierto
atrayente y las melenas se agitaban por doquier como aquella noche.
En la puerta, con su habitual
tabaco en la comisura, se apoltronaba mi socio Steven. Comenzó como cliente
habitual del bar cuando era un simple mocoso roba litronas. Gran amante del
heavy metal y seguidor de los grupos locales, pidió trabajar para mí cuando su
padre lo lanzó al arroyo, y a pesar de su juventud, poseía una corpulencia y
semblante arrogante perfectos para el oficio de gorila. Seguía empeñado en
conservar una adusta melena que le bajaba por la espalda y que, debido a su
herencia africana, se mantenía negra, tiesa y erizada.
Podría haber contratado fríos
inalámbricos para sustituirlo y quizás me hubiese salido rentable pero
seguramente también me hubiese producido una gran melancolía. La carne y el
calor me iban más que los circuitos y las extremidades antioxidantes.
Esa era la razón por la que
llamaba, a nivel puramente personal, fríos a los androides de servicio. Solo
los creados para realizar otras funciones y los diseñados como copias humanas
exactas mantenían una temperatura corporal similar a la nuestra a propósito. Lo
cierto es que la mayoría de fríos fabricados para trabajos modestos y que pocos
humanos deseaban hacer, emanaban un halo glaciar que me resultaba muy
desagradable.
La cuestión de los yinos o
androides tipo réplica de «consuelo» era un asunto peliagudo. El Gobierno había
creado una ley que permitía un servicio subvencionado de adjudicación de yinos
con la firme intención de disminuir el porcentaje de delincuencia especialmente
relacionada con las agresiones sexuales. Y lo cierto es que lo estaban consiguiendo
los muy cabrones. Las violaciones y crímenes sexuales se habían reducido un 70%
y los psicópatas empezaron a sentirse cómodos haciendo realidad sus sueños
húmedos dentro de un contexto controlado. Además las mafias veían peligrar su
omnipotencia en la materia. Siempre había algún pirado que no conseguía una
erección si no tenía entre sus manos a víctimas humanas reales, pero estos
episodios se estaban convirtiendo, cada vez más, en casos residuales. Por
supuesto, el Gobierno no desaprovechó la oportunidad de airear lo más lejos
posible su atinada medida con la campaña de comunicación más agresiva de la
historia.
Hoteles, parques temáticos y
clubes empezaron a surgir como moho pestilente tras la ley y de ellos entraban
y salían sin descanso parias de todos los sectores. Cualquier capullo al que su
jefe hubiese despedido el día anterior podía encargar un yino clon y horas más
tarde estar pateando su cabeza, escuchando sus alaridos y oliendo su sangre.
Ya resultaba prácticamente
imposible diferenciar un yino o cualquier tipo replica de un ser humano
original. Eran piel, calor y huesos sintéticos cuidadosamente elaborados en
laboratorio y manufacturados al detalle.
Como ocurre en estos casos,
existían varias leyendas urbanas sobre el tema, incluso un estúpido americano,
considerado popularmente como el gurú de la identificación de los tipo réplica,
había publicado una trilogía con sus supuestos secretos. Una de sus teorías más
aceptadas era la existencia de un número de serie bajo la uña del dedo anular.
Aparte de hacerse rico con el engaño y lograr que la comunidad científica
hiciera burla al respecto en sus torres de cristal durante meses, ningún civil
corriente era capaz de identificarlos.
Lo cierto es que la única forma de
asegurar que el ser bípedo que tenías ante ti no era un producto ‒en algunos casos subproducto‒ de la naturaleza era desmigajando
su cerebro con un instrumento afilado, accediendo a su núcleo y viendo con tus
propios ojos el imperceptible mecanismo incrustado en la capa más profunda de
la masa encefálica. De vez en cuando se daba el caso de algún estudiante
histérico que intentaba asesinar a su compañero de piso, asegurando que se
trataba de una asquerosa representación humana encubierta, entre terribles
delirios.
Tras la aprobación de la ley yino
algunos cretinos consideraron que ya era suficiente. Los Emisarios de la Segunda
Vida, un nombre tan pomposo que daban ganas de vomitar, venían reclamando desde
hace tiempo que el servicio, pionero a este lado del continente, vulneraba la
integridad y dignidad de los monigotes hiperrealistas que se utilizaban para
este tipo de trabajos. Hubo una temporada en la que sus carteles, plagados de
consignas rotuladas en tinta negra y barata, cubrían por completo varios muros
de cemento del sector norte. En realidad lo que más les escandalizaba era que
parte de tal abuso de poder estuviera subvencionado con dinero público, pese a
los continuos intentos de las corporaciones por quedarse con buena parte del
pastel.
Personalmente me repugnaba todo
aquello y no me hubiese acercado a un yino ni con alcohol de por medio.
Prefería seguir sobrellevando con elegancia mi sequía sexual que acudir a
representaciones fidedignas pero siniestras de hermosos personajes dispuestos a
satisfacer cualquier exigencia.
El concierto dio a su fin y decidí
que era mejor chapar pronto e irme a casa. No tenía claro si era por la
reciente manipulación pero notaba un dolor punzante desde la posición del chip
hasta el cráneo. Si continuaba iría a hacerle una visita al querido Manecilla y
a tirarle un poco de las orejas.
Aseguré bien los candados de la puerta. Pronto
tendría que meditar la posibilidad de activar algún sistema de seguridad acorde
a las nuevas tecnologías. Hacía poco me había enterado de que estos pequeños
chismes estaban siendo cada vez más cotizados en las pujas virtuales de los
palurdos amantes del lo vintage. No era cuestión de que me levantaran
los candados y de paso la caja.
El pub se encontraba en un
callejón sin salida en el que muchos mocosos y yonkis habían protagonizados
peleas de todos los estilos y modalidades. Pareciera que los mamones tuvieran
aquel rincón como predilecto para ese tipo de asuntos. Yo hallaba cierto
encanto en llegar al atardecer y encontrar los indicios de una riña más o menos
acalorada para que más tarde algún cliente me contara los detalles. Hoy no
había más que un charco pegajoso y oscuro en la esquina que llamaba la atención
de las moscas.
Aquel era el momento perfecto de
tomar un jugo que mitigara el dolor y despejara la mente de ideas
absurdas. En realidad no me apetecía arrastrar mi culo bajo la perenne llovizna
nocturna diez cuadrículas hacia el norte para meterme en uno de esos edificios
colmena plagado de paquistaníes y negociar con el capullo de Luca un precio
decente por un par de bolillas aromáticas.
La última vez que aparecí por allí
a un asqueroso barbudo de ojos saltones le pareció buena idea hurgar en mis
bolsillos en busca de un puñado de quelos con los que matar el vicio. Parece
que resulté ser más inteligente que él y la patada en las costillas fue
suficiente razón como para que se largara cagando leches. Yo hice lo mismo en
sentido contrario, en dirección a la calle y con destino a mi acogedora y
segura casita. Por fortuna en aquella ocasión no me escoltó una jauría de
morenos vengadores deseosos de aplastarme la cabeza. Me lo temía pero resultó
ser mi noche de suerte.
Al fin llegué a la maldita
cuadricula 361 del sector norte, un mierdoso agujero del que esperaba salir
cuanto antes. Cuando conseguí entrar en el apartamento vi que Luca se
encontraba enfrascado en un apasionado diálogo. Cualquiera hubiera dicho que
las drogas habían terminado de quemar los pocos fusibles que le quedaban en la
cabeza y que ahora acostumbraba a discutir sobre remesas pendientes con el
helecho raquítico que tenía justo delante. Nada más lejos de la realidad. Lo
cierto es que la moda de los nanorobots telecomunicadores estaba en alza y ya
nadie se molestaba en sostener un trozo de plástico con antena.
Mi fobia tecnológica sumada a mi
hipocondría me decía que la hibridación tecnología-ser humano no podía resultar
un matrimonio bien avenido. Quién sabe qué puto hacker podía introducirse en un
trocito de progreso ubicado en tu cuerpo y desgraciarte la existencia. No me
quedaba otro remedio que tolerar mi pequeño trozo de progreso particular en el
brazo izquierdo como todas las ratas del barco asumíamos el control del
Gobierno. Soportaba el peso de la micra como una obligación casi religiosa pese
a mi ateísmo consagrado.
Luca terminó por fin su
conversación.
‒Alex ¿y este milagro? ¿Un mal día?
‒Cállate, esta micra me está matando, será que hacía
tiempo que necesitaba un arreglo ‒comenté asomándome distraídamente por la ventana.
Miré de soslayo hacia la mesa sobre la que se encontraba apoyado y vi que
estaba esnifando con algún tipo de chisme parecido a una pistola pequeña. No
era más que uno de los trucos que los consumidores ingeniaban para alcanzar con
mayor rapidez el paraíso artificial. No pude evitar reírme.
‒Sí, ya sé que no te va lo sofisticado ¿cuánto será
esta vez? ‒dijo agitando
la cabeza.
‒Lo suficiente como para eliminar este maldito dolor
de cabeza y llegar rapidito a la Ciudad Esmeralda
Una figura de pelo rojizo cruzó la
puerta del fondo del pasillo.
‒¿Eso era un yino verdad? ‒pregunté.
‒¡Ah sí! Me lo mandaron la semana pasada. Creo que un
día le daré una sobredosis solo por echar unas risas, nunca he visto a uno de
esos cabrones puestísimo de éxtasis. ¿Sabes que el otro día vinieron por aquí
dos de esos…? ¿Cómo se hacen llamar? ¿Emisarios? ¡Ja! Parecían putos vendedores
de libros. Cuando les cerré en las narices me metieron aplicadores por debajo
de la puerta.
‒¿Guardaste alguno? ‒Luca señaló la repisa de enfrente con la cabeza. Fui
hasta allí, coloqué el pequeño círculo platino sobre la palma de la mano y
presioné con los dedos. Automáticamente emanó una luz holográfica y una melodía
que invadió la habitación. Tras una cortinilla multicolor surgió el busto de un
tipo de bigotes ralos y canosos vestido con alguna especie de túnica blanca. Tenía
la voz congestionada pero enérgica: «¡COMPAÑEROS, ASISTAN EL PRÓXIMO JUEVES A
LA SESIÓN EXTRAORDINARIA POR NUESTROS AMIGOS SUBYUGADOS! ¡NO PERMITAMOS MÁS
ATROPELLOS! ¡ES TIEMPO DE ENMENDAR NUESTROS ERRORES Y DEMOSTRAR NUESTRA
HUMANIDAD! ¡DESPIERTEN CONCIENCIAS! ¡DIGAN NO A LA LEY YINO!».
‒Pues sí que se lo toman en serio ‒dije cuando el aplicador terminó
de reproducir el mensaje y se plegó sobre sí mismo.
Luca envolvió un poco de jugo en
un tosco papel arrugado y me lo lanzó para que yo lo cogiera al vuelo.
Mi habitación no tuvo esa noche un
maldito ángulo recto. Mi cerebro trataba de asimilar la información que fluía
desde el nervio óptico pero, a su manera, interpretaba las señales como
buenamente podía creando, recreando y tergiversando sus propios mensajes por el
influjo de la droga. Una lata de refresco chafada ocupó mi atención durante un
tiempo indefinido pero, de pronto, el humo nubló mi visión por complejo y los
ojos me ardieron. Allí estaba él otra vez. Hacía mucho tiempo que no venía a
visitarme pero esta noche, entre el cansancio y el jugo en mi sistema, solo
tenía que cerrar los ojos para que apareciera superpuesto a la luz grabada bajo
mis párpados. Volvería a incrustar otro ladrillo en su cráneo a cualquier hora
y ni siquiera tendría que pararme a escupir el humo de mi cigarrillo antes de
que la sangre comenzara a chorrear. No me podía quejar, al menos la micra calmó
su guerra.
Me despertó el sonido del
teléfono. Debí pasarme toda la noche babando la almohada porque ahora sentía la
garganta pastosa y reseca. Tropecé dos veces y caí una antes de alcanzar de
mala gana el escandaloso aparato.
‒¿Diga?
‒¡Esa zorra se ha pirado! ¡Se ha ido! Se supone que
es imposible que haga algo así. Mi puto caramelo de fresa micrado vagando por
la calle ¡Venga hombre!
‒¿Luca? ‒bostecé intentado entender qué me estaba diciendo.
‒¡Despierta ya Alex! Vamos a buscarla y arrastrarla
hasta mi agujero, donde debería estar.
‒¿Una misión de rescate? Déjala ir, ya te mandarán
otra la semana que viene.
‒Es una cuestión de orgullo ¡Es mía! Cuando la
encuentre tendrá que darme varias explicaciones‒. Tenía razones para estar cabreado. Se suponía que
los yinos se mantenían ligados a su beneficiario hasta que este decidía poner
fin al servicio. Acto seguido o bien eran ejecutados por el cliente, o
simplemente eran enviados vuelta a la fábrica para su eliminación. La mayoría
prefería deshacerse del maniquí por sus propios medios y evitar pagar el
sobrecargo de 320 quelos por un mero trámite.
No parecía mediodía teniendo en
cuenta las abruptas sombras que proyectaban los edificios. Todo parecía tener
un filtro sombrío y encantadoramente escalofriante. Pero allí estaba yo,
siguiendo a un tipejo por las calles más indeseables del sector norte,
empuñando un arma de origen bastante dudoso que este me había proporcionado y
regañando entre dientes.
‒¿Se supone que estamos siguiendo un plan? ‒pregunté con hastío‒ esta excursión de reconocimiento
es una pesadilla.
‒Iremos al Trenx un rato a estirar las piernas ¿de
acuerdo? Igualmente no se me ocurre a dónde puede haber ido.
‒¿Pues qué hacemos dando vueltas en círculo? ¡Diablos
Luca! ¿Me has sacado de casa para esto?
‒¡Shh! ¡Calla! Dos cabezas piensan más que una y
cuatro ojos apuntan mejor que dos.
El Trenx, otro garito que no
soportaba. Sentados en un sillón de piel sintética roja intentaba acomodar mi
trasero al resbaladizo material mientras nos traían las bebidas. Luca comenzó a
escupir sus sospechas y a enumerarme la cantidad de amigos que sin duda le
echarían una mano para localizar a Caramelo. Me pregunté la razón de que
acudiera a mí en primera instancia y no a sus solícitos esbirros, si es que los
tenía. Encendí un cigarrillo para calmar los nervios.
‒¿De verdad no quieres dejarlo? Mañana tendrás otra
igual metida en tu cama.
‒No lo entiendes Alex. Se supone que es de mi
propiedad hasta que decida volar su preciosa cabeza, y también se supone que
debería lamerme la mierda de los zapatos o cualquier otra cosa si así se lo
pidiera ‒dio un trago
a su cerveza‒. ¡Podría
tratarse de un secuestro! Alguien intenta joderme estoy seguro.
‒‒¿Y quién iba a intentar joderte robando uno de los
cientos de yinos que has tenido por tu casa los últimos años?
‒¡Déjame pensar! ‒desde luego si le dejaba rumiar sobre el tema íbamos
a estar ahí sentados hasta la hora del cierre.
Se me ocurrió la idea más
estúpidamente obvia de la historia. Estaba claro en esos tiempos de afluencia
vomitiva de información cualquier cosa viviente podía y debía llevar un locke alojado en la micra. Excepto si te ponías en
manos de buenos amigos que hicieran imperceptible tu existencia. Crucé el bar
hasta la típica cabina interactiva ubicada en al fondo, cerca de los baños.
‒Manecilla soy Alex. Tengo otro trabajillo para ti.
‒¿Qué va a ser esta vez?
‒¿Podrías localizarme un maniquí? Quiero decir…es posible
hacerlo ¿no?
‒Siempre que su micra se encuentre en buen estado
debería ser fácil. Tan solo necesito su número cyte.
‒Te llamo en un minuto.
Manecilla no pudo encontrar a
Caramelo. Negativo colega, a esta yino le han quemado el micrado de mala
manera, me dijo. Eso quería decir, según me explicó, que el locke, el cyte e
incluso los protocolos podían estar siendo digeridos por un virus. Estupendo,
desaparecido el micrado íbamos a tener que buscar la puta aguja en el pajar más
deprimente y extenso de la historia. Si de verdad quieres ayudar a tu colega yo
en tu lugar seguiría al conejo hasta la madriguera más cercana, había concluido
Manecilla sin más señas. Palpé distraídamente el bolsillo de mi chaqueta. Allí
seguía el aplicador que había cogido en casa de Luca la noche anterior.
Una antigua cancha de baloncesto
era el punto de reunión de los Emisarios. Habían recolectado todo tipo de
asientos y los habían dispuestos en hileras para formar un auditorio
improvisado. Algunas sillas de plástico estaban rubricadas con antiguos logos
de refrescos algo apagados por el paso del tiempo. Sorprendentemente el lugar
se encontraba bastante lleno. En una de las primeras filas destacaba un peinado
al estilo francés de un intenso color fucsia bajo los focos del techo. El
caramelo de fresa acudió con diligencia al lugar más evidente de la ecuación.
‒Ahí está esa ‒Luca me dio un codazo en las costillas susurrando.
Lo cierto es que hablar en voz baja resultaba una cautela inútil teniendo en
cuenta el intenso murmullo de la audiencia que nos rodeaba.
‒Esperemos al final del sermón y nos la llevamos.
‒¿Sabes lo que estás diciendo? ¿Quieres que me trague
la película?
‒Shh ya va a empezar, no quiero montar números y
menos con esta tribu de fanáticos rodeando nuestros preciosos traseros ‒lo arrastré agarrándolo del codo
hasta las sillas situadas en la última fila.
Miré hacia el improvisado
escenario, o mejor dicho, hacia la amalgama de tablones y tubos metálicos
dispuestos sin muchas entendederas. Las uniones no encajaban demasiado bien y
daba la impresión de que no resistiría el peso del hombrecillo de avanzada edad
que se acercaba por uno de los laterales. Se trataba del mismo personaje que
había surgido del aplicador la noche anterior solo que esta vez la túnica
blanca se había convertido en una larga chilaba anaranjada algo desteñida.
Mi imaginación había ideado una
célula maquiavélica actuando desde un cuartel general bien equipado, con
visores de seguridad, armas sofisticadas y laboratorios biocibernéticos
gestionados por expertos instruidos en artes marciales y estrategia militar. En
cambio, allí solo había una muchedumbre corriente y sus integrantes estaban muy
lejos de resultar espectaculares. Todos tenían pinta de ocupar puestos profesionales
de poco prestigio y de pertenecer a los segmentos más bajos de la población.
Una madre estaba amamantando a su bebé al tiempo que ordenaba al hijo
primogénito, de unos cinco o seis años, que se mantuviera quieto en la silla y
no se sacara los mocos de la nariz con los dedos.
Solo faltaba que alguien colgase
un cartel con la frase «DIOS ES AMOR» para que aquello pareciese una reunión de
NeoJehovás. Incluso había un anciano en la quinta fila y el séptimo sueño con
la cabeza caída hacia un lado y un hilillo de saliva resbalando por su
barbilla. Todo era de una sofisticación tremebunda.
El señor chilaba alcanzó por fin
el centro del montón de tablones y con remilgada mesura se aclaró la garganta.
‒Compañeros, colegas, iniciados, amigos, me alegra
que la cantidad de asistentes aumente con cada nueva sesión ‒soltó una sonrisa complaciente‒. Si están
aquí es porque como yo creen en la dignidad. Somos los artífices de la vida
nueva. Como Dios hemos logrado dar nombre, calor y aliento a nuestra imagen y
semejanza, pero como seres imperfectos hemos pervertido ese vestigio de
genialidad.
»Tras la ley yino ha quedado
patente que la frontera humano-maquina está obsoleta. Hemos llegado a un difuso
punto hace ya largo tiempo, pese a la terquedad de algunos de nuestros
congéneres. Está en nuestras manos liberar de la ceguera a los que ya son nuestros semejantes ‒remarcó las últimas palabras con
especial gravedad‒, porque la verdad les hará libres. Es preciso que
el igualitarismo adopte un nuevo significado en estos tiempos.
»¡Respeto y dignidad! Porque somos
seres éticos nuestro trato con los yinos ha de cambiar de manera radical.
Nuestra labor humanitaria es precisa y de acción directa. Tenemos habilitadas
varias instalaciones que guiarán a las víctimas hacia el buen camino y nuestras
misiones de rescate son cada vez más eficientes.
En ese momento no lo sabía pero
mientras el líder hablaba ciertas nanopartículas psicoactivas se estaban
encargando de sumir a la audiencia en un ligero trance. Poco a poco la letanía
que emanaba de la garganta de aquel personajillo de bigotes canosos se
convirtió en una melodía dulzona y agradable que acunaba cada pensamiento en un
sutil estado de sopor.
‒…entre nosotros tenemos a una nueva liberada. Dentro
de muy poco se convertirá en una ciudadana de pleno derecho y será dueña, de
una vez por todas, de su propia vida. Caramelo, querida, ¿serías tan amable de
subir aquí para que todos te vean?
A mi lado noté como Luca empezaba
a ponerse nervioso. La yino se levantó de su asiento con cierta timidez y
subió, no sin alguna dificultad, a la malograda plataforma. El anciano la tomó
de la mano y la hizo girar sobre sí misma como una bailarina.
‒¡Mírenla! Sangre y calor; emoción y sentimiento. ¡El
origen poco importa! ¡Cómo fue creada menos aún! Somos los guardianes de estas
criaturas, los encargados de que no se infrinja más sufrimiento gratuito a
manos de unas autoridades que delegan con regocijo el dolor en seres más
indefensos. Este ser castigado pasará a formar parte de nuestro campamento de
integración. En él, mi estimada dama ‒dijo
dirigiéndose al maniquí‒ te proporcionaremos una identidad plenamente humana
y te ayudaremos con los trámites necesarios ‒la audiencia
comenzó a aplaudir y vitorear‒ ¡Es lo mínimo que podemos hacer!
Caramelo hizo una escueta
reverencia y sonrió.
‒Gracias, en realidad no sé qué decir. Tan solo
gracias por ayudar a los que están en mi situación, trataré de devolverles el
favor empezando desde cero una nueva existencia.
Luca miraba la escena con la boca
entreabierta. Parecía sumido en el mismo estado de alteración que yo pero su
semblante, cada vez más agresivo, determinaba que el viaje no estaba siendo demasiado
bueno. Podía distinguir minúsculas gotas de sudor surgiendo bajo los mechones
de su frente e incluso diferenciar ciertos colores del espectro reflejados
mágicamente en su superficie. Luca palpó algo en el bolsillo interior de su
chaqueta vaquera.
‒No aguanto más, me voy a volver
loco. No puedo creerme todo esto ‒se levantó de la silla de un
brinco, y después de tropezar con la mitad de la fila en su carrera, salió al
pequeño corredor que separaba al público en dos porciones y que desembocaba en
el escenario.
‒¡Tú, asquerosa furcia! ¿Quién te ordenó que
desaparecieras del piso sin más? ‒gritó dirigiéndose a la yino. Yo
me encogí en mi asiento en un intento por evitar que me relacionaran con aquel
ser colérico y alborotador.
‒Vaya hombre, de ti si me acuerdo. Te noto alterado ‒Caramelo esbozó una sonrisa
irónica desde las alturas.
‒Anda, no sabía que los maniquíes tenían capacidades
para el sarcasmo.
‒Ya no soy un maniquí
propiamente dicho.
‒¡Eso habrá que verlo! ¡Ven ahora mismo y chupa la
mierda de mis botas!
Con una calma impropia, Caramelo
bajó del escenario y se aproximó hacia él en actitud sumisa. Caminó con
delicadeza hasta llegar a su altura y, tras mirarlo a los ojos con una sonrisa,
se arrodilló sobre la punta de los pies. Pensé que realmente iba a obedecer el
mandato cuando, rápidamente, atrapó con la mano izquierda su entrepierna y la
giró en un fulminante movimiento de muñeca. Algo, y no quise saber qué era,
chasqueó mientras ella apretaba los dientes en la peculiar encarnación de una
Judit rabiosa y vengadora.
Los gritos de Luca no se hicieron
esperar. Con la cara congestionada por el dolor metió la mano en el bolsillo de
su chaqueta y comenzó a disparar a bocajarro sin mirar muy bien a dónde
apuntaba. En ese instante el cráneo de Caramelo se convirtió en una bonita
explosión de color rubí y, cuando el cargador se vació, no era más que un
montón sanguinolento desparramado por el suelo.
El sistema nervioso de cada
asistente, incluido el mío, vivió ese pequeño momento de caos como un carnaval
perverso de sorpresa y confusión, motivado por la conmoción de la escena y el
sigiloso efecto de los nanos. Tras unos segundos de completo silencio, la
multitud dejó escapar un aullido unísono y comenzó a agolparse alrededor de la
yino muerta. Lo poco que alcancé a ver mientras me daba la vuelta hacia la
puerta y dejaba atrás la marabunta enfurecida fueron las patadas que un gigante
de metro noventa estaba propinando a Luca, con la intención de tirarlo al
suelo, mientras el resto lo rodeaba.
Corrí en dirección al sector
occidental, donde tenía mi apartamento, con los pulmones ardiendo por la
ponzoña nicótica fruto de mis años de tabaquismo. Me abrí paso por una calle
repleta de takeaway de comida
sintética que apestaba a fritanga y especias asiáticas. Eran el tipo de puestos
en los que vendedores colocaban los cuencos de tallarines y empanadillas
humeantes en las repisas y estos se mantenían, con gracia casi divina, en su
lugar sin caer estrepitosamente contra la acera. Los vapores que emanaban de
cada uno no ayudaban a calmar mis jadeos y, para dificultar más la huida, aún
me encontraba viajando por el país multicolor.
Al llegar al apartamento lancé la
chaqueta de cuero negra junto con su tenue olor a garam masala lejos de mí, me extendí sobre el sillón y comencé a
meditar la situación entre caladas de humo. Por un lado, Luca ya no era más que
papilla para alimentar pichones, con lo cual tendría que buscarme otro camello,
a ser posible que estuviera menos tocado que este. Por otro lado, si no había
entendido mal, los Emisarios habían intentado acoger a Caramelo en algún tipo
de Ejército de la Caridad particular para más tarde darle un consomé de pollo
calentito que paliara la tristeza de su miserable vida. Finalmente le tenían
preparada una micra de identidad hackeada, quizás prima-hermana de la mía. Me
apostaba el cuello a que el cabrón de Manecilla sabía algo de todo esto. Vaya
que sí lo sabía.
Esta vez el loro robótico no era
más que un montón de metal en una esquina y los trastos habían encontrado su
sitio en muebles y estanterías dispuestas a tal efecto.
‒Desembucha pero ya ‒de algún modo no le intimidó mi actitud agresiva.
‒¡Alexandra querida! ‒me recibió con su acostumbrada sonrisa torcida‒ Me alegra verte. ¿Atrapaste al
Conejo blanco?
‒Era rubí en este caso, pero no importa, la liebre ha
muerto y mi camello también.
‒Una provechosa partida de caza entonces ‒rió a carcajadas su mal chiste
mientras me pasaba una botella. Si Caramelo era el Conejo este era el maldito
Sombrerero.
‒¿Vas a explicarme de qué va todo esto? ‒bebí un poco del vodka adulterado
que me ofreció.
‒Sí y no ¿qué quieres saber?
‒Tú proporcionas micras de identidad cortadas a yinos
rescatados ¿no es así?
‒Claro que sí, es mi trabajo ‒levantó una ceja como si la duda le hubiera ofendido.
‒¿Es tu trabajo colaborar con un
colectivo esotérico que piensa que cuatro trozos de material sintético merecen
abrir una cuenta bancaria y protección de la ley?
‒No Alex, es mi trabajo proporcionar material al que
pague una buena suma por él. ¿Crees que los hackers comemos por mala costumbre?
¡Yo mismo te di una puta micra cortada el día que apareciste en mi puerta! ¡Te
ayudé a arreglar lo de aquel tipo!
‒Aquel tipo me hubiera matado a palos cualquier día
si no lo hubiese impedido.
‒¡Lo mismo da! La cuestión es que él está abonando
tierra y tú estás aquí ‒me dio una
palmada amistosa en la espalda. Se giró, escogió un yute algo apolillado y lo
encendió mientras me miraba.
‒¿Entonces cuáles son tus implicaciones en este
asunto? ‒aquel vodka
sabía realmente bien.
‒¡Ningunas! Yo trabajo y ellos me pagan, tan simple
como eso. Bien mirado no están haciendo nada malo, pero eso a mí no me importa.
Fabricaría micras para el mismísimo Tony Montana si eso mantuviera mi estómago
lleno y mi espíritu empapado de mezcalina.
‒¿También haces los aplicadores?
‒Supones bien. ¡Los mejores desactivadores de
protocolos no retorno que verás en tu vida! ‒escupió un poco de humo‒ esa yino ¿Cómo se llamaba? ¿Caramelo? Acudió a la
madriguera gracias a un mensaje encriptado que el propio virus le facilitó justo
después de prender el micrado. Cuando el bichejo accede elimina el número cyte
y también el locke. No es seguro que un liberado lleve localizador, al menos
mientras los Emisarios se hacen cargo de su situación, el beneficiario podría
acabar con el servicio de manera precoz y con sangre de por medio.
‒¿Y qué hay de los protocolos de control?
‒También son eliminados. El yino experimenta algo así
como una revelación, lo que en los humanos equivaldría al despertar de un
estado de conciencia onírico, aunque sinceramente no puedo imaginarme con
claridad el shock. La obligatoriedad
de la sumisión al beneficiario se desactiva y el libre albedrío comienza a
fluir por sus venas artificiales. Que yo sepa todas las liberaciones según este
sistema han sido satisfactorias y todos los maniquíes han acudido rápidamente
al punto de reunión por voluntad propia.
‒Una doble función.
‒Propaganda con regalo incluido por si algún yino
está cerca ‒dijo con
manifiesto orgullo hacia su invención‒. Los aplicadores actúan sobre cualquier maniquí en
un radio de varios metros al activar el mensaje ‒así que,
después de todo, yo era la culpable de la nefasta fuga de Caramelo.
‒Y por supuesto todo esto es información confidencial
‒repuse algo exasperada.
‒Considéralo responsabilidad profesional ‒me guiñó un ojo.
‒¿Sabes? Nunca te he agradecido lo que hiciste por mí
aquella vez así que ‒dudé un
momento‒ supongo que
gracias.
‒Alexandra, sabes que sobran las palabras ‒me despidió desde su asiento.
Varios meses más tarde una mañana,
muy temprano, cuando aún no se diferenciaba la bruma de contaminación debido a
la poca claridad, un tipo apareció muerto en una acera del sector oriental con
la mandíbula destrozada por un impacto de bala. Junto al cadáver yacía también
el asesino con un disparo en la cabeza. Según la prensa, asesinato y suicidio.
La autopsia determinó, contra todo
pronóstico, que autor del crimen tenía alojada una preciosa y desconcertante
micra en la masa encefálica. Evidentemente no tuve que leer más para saber con
certeza que se trataba de un yino despierto al que no le sentó demasiado bien
la dosis de realidad. El símbolo más antiguo, la prueba más escandalosa de la existencia de humanidad se encontraba dentro de aquella mandíbula desmigajada.
Ahora solo me queda lamentar que el estallido de la burbuja no me haya pillado
bajo tierra.

3 comentarios:
Me ha resultado muy entretenido, lo he disfrutado mucho, espero que subas algo pronto.
¡Muchisimas gracias!
MICRA NEGRA. UN RELATO ASOMBROSO!!
En ese cuento el elemento distópico de los cuerpos deshumanizados e hibridados se conjuga con un atmosfera cyberpunk, donde proliferan drogas y lugares mugrientos. No faltan bares de heavy metal donde se agitan melenas, hombres hechos de nervios y de circuitos, take away de comida sintética. Sin embargo, el soberbio estilo de la autora forja una estética fascinante que roza tal vez la contemplación de ese mundo subterráneo y terrible donde la tecnología se hace pesadilla.
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