miércoles, 30 de diciembre de 2015

Belén sin estrella

—Soy la puta Virgen María. La que se quedó preñada sin habérselo pasado ni medio bien. El azul es mi color. Hace juego con el blanco.
    Patrick había arrastrado más de medio kilómetro por la acera un trozo bastante amplio de tela azul, ahora impregnada de suciedad, hasta el agujero. En ese momento se divertía posando con él, como intentando sacar belleza de la fibra. Ajustándola al torso y jugando con las sombras. Luego se aburrió y la abandonó en una esquina, justo debajo de la hamaca. Eso me irritó bastante.
    —¿Y a ti quién te dijo que trajeras hasta aquí esa mierda?
    —¡Shh calla se podría enfadar!
    —¿Enfadarse quién? ¿El trapo? ¿Te has tomado las pastillas hoy? Mira que... —no pude acabar la frase porque Patrick soltó una exclamación.
    —¡Las dejé en la caja de Conguitos! —y ahí seguirían en la misma caja, en alguna parte de su cerebro —Y a todas estas, ¿por qué tienes ese nombre tan ridículo? ¿Se lo robaste a algún brahmán?
    —Algún día acabaré contigo, óyeme bien. Te ahorcaré con esa asquerosa hamaca.
   —Y un cojón, a mí no me mata nadie salvo la muerte —emitió un chillido que pretendió ser una risotada—. Markenda, M A R K E N D A, en mayúsculas y separado, K E N D A M A R, M E R K A D A N, M A D K E N R A… podríamos llamarte tan solo “Mad” ¿no tendría más chicha?
    Y allí se quedó un buen rato el tío. Intentando encontrar un anagrama resultón al nombre que mi buena madre decidió ponerme. Fue un día que se enganchó a las novelas para televisión baratas, ambientadas en una India falsa e imaginaria. No había presupuesto para más. Mi madre se enamoró del morenazo, amante de la protagonista ciega. Porque en todas las novelas de este mundo hay una ciega que luego vuelve a ver. ¿Ay doctor se pondrá bien? Y vigile usted que no llegue la lagarta a ahogarla con la almohada. Vigile usted bien señor mío.

    Pol llegó sonado como de costumbre de la mano de una muchacha muy aprovechable. Esta llevaba al cuello una de esas Canon carísimas, regalo de papá, a conjunto con una tira ancha para colgarla, regalo de mamá, moteada de dibujos de gatos gordos, de esos que reflejan perfectamente los vicios de este mundo loco del siglo equis equis palito.
    De los que comen manteca de maní con un palo de selfie y siguen siendo monos.
   Miraba con una especie de estupor y fascinación mi encantador hogar. No debió parecerle bien el par de cucarachas acostumbrado. Ni tampoco la mirada desvaía de mi compañero Patrick, en pleno éxtasis de mierda.
    En cuanto mi interés sexual se calmó un poco me pregunté qué demonios estaba haciendo Pol con aquella niña en Mi Casa. Y sobre todo qué venía a buscar allí. Y más aún por qué no había utilizado uno de los pocos katas que había aprendido en la primaria para aplastar su linda cabeza y huir con el regalo, que más tarde se transformaría en lo de siempre.
      Pol la miraba con una especie de histerismo y ganas, como si a poco que desapareciéramos se la fuera a tirar no importaba dónde. No era del todo feo, de hecho era el mejor de los tres, el que más papeletas tenía para llevarse una titi al catre. Parecía que ni siquiera él se creía su fortuna. Tenía huevos. Ni siquiera yo me hubiese llevado a un ligue a esa pocilga. Si tú no tienes sitio fin de la historia nena. Ah perdón, olvidaba que no te gusta que te llamen nena, nena.
    —¿Qué pasó? —su saludo habitual. Para él siempre pasaba algo.
    —Nada tío, todo okey. El par de cadáveres ya están donde deben —miré el bote de sosa de una de las estanterías con gravedad. Patrick lo había chuleado una vez que se tupió vete-tú-a-saber-qué en vete-tú-a-saber-dónde y el agujero empezó a oler más de lo habitual. Disfruté un momento del resultado, reflejado en la cara paliducha de la piba.
    —Venga que estoy de coña, cariño. ¿No vas a decirnos cómo te llamas ya que el capullo de tu colega Pol no te presenta?
    —Morgana —resolvió seca y escuetamente. Me cayó mal. A partir de ese momento solo desee que abriera la boca para hacer mamadas.
    Patrick soltó otro berrido.
    —¿Pero qué es esto? ¿La Convención de Nombres más Absurdos del Planeta empezados por Eme? Uy…eme. ¡Eme sí! ¡Eme! ¿Nadie tiene un poco?
     Pol ofreció a la nena un lugar donde sentarse, concretamente en Mi Sillón.
   —¡Eh! Cuidado no me lo ensucien —por supuesto que ya estaba más que sucio pero quería imponer autoridad.

    Más tarde comprendí lo que había venido a hacer aquí. La Morginina era estudiante de segundo año en la escuela de Bellas Artes y como todos los que no saben meter un lápiz por vereda, y muchos menos un pincel, había escogido la rama de fotografía para saciar el hueco de su ego.
    Un hueco gordo y nauseabundo. Seguramente lleno de pelos.
    Quería hacer un ciclo de fotos poco convencional y atrevido. Hasta su retórica me daba ganas de vomitar. Y aunque lo dijo con la verborrea propia de los que pretenden ser unos entendidos, lo cierto es que, en resumen, se había adentrado en una casa de yonkis para ser la más underground de su círculo de cafres artistuchos, de rayas pintadas en lienzos y performances de garbanzos sin cocer.
    De hecho, estaba dispuesta a tirarse a un yonki para conseguirlo. Bueno, a ver, Pol estaba bueno, hasta yo lo haría si me fuera el rollo. Pero era un yonki joder. Eso era indiscutible. Los chicos malos, qué morbo, qué morbo.
   Quería hacernos posar a los tres como la estampita de un Nacimiento, versión sórdida y moderna. Qué cucada. El trapo de Patrick resultó ser un maldito vaticinio. A Pol le pareció una idea buenísima, de hecho se ofreció a ser el Jesús. Patrick es un marica a él lo ponemos de María y a Marki de padre putativo, porque es una puta. Putativo, puta, putativo, puta… ¿oíste puta? Que me diga de dónde saca tanto ingenio que me voy a buscar un trozo.
     Realmente lo que tenía este era más hambre que el forro de un catre. 
    —¿Y que ganamos nosotros, encanto? —le pregunté a Morgana.
    —La posibilidad de pasta. Si gano el concurso les doy una parte.
    —¿Viste Marki? Solo tendrás que estarte quietecito un rato —dijo Pol.
    —Aún así quiero algo por adelantado. Y si no a escupir a la calle. Tienes unas cuantas casas más como esta en el vecindario.

    Que me digan por qué me metí en esto. Por la pasta claro pero ¿no hay formas más decentes? Tomar prestado sin devolver luego y esas cosas. Pensaba todo eso mientras me comía el crujir de paredes del piso de arriba.
    —Pues esta buena la muchacha —Patrick dijo la primera cosa con sentido de la tarde —. Aún así creo que somos unos pringados —segunda cosa con sentido de la tarde.
    —Tú eres el pringado, yo el colega del pringado.
    —¿Sabes que hago cuando se me pone dura en momentos incómodos?
    A santo de qué venía eso ahora.
    —¿De verdad crees que me interesa?
    —Pienso en todos los niños que murieron con las bombas nucleares.
    —¿Solo niños? A los niños se les fabrica rápido hombre. Piensa en todas esas cabezas maduras reventadas por el Tío Sam —los niños y el futuro, el futuro y los niños, la historia de siempre.
    —Pues eso, que pienso en toda esa mierda y se me baja al momento.
    —¿Se te puso dura?

    Por la mañana comenzamos con el circo. Patrick insistió en ponerse el trapo y Morgana no lo discutió. Maldito trapo. Estupendo, estupendo, superauténtico. ¿No podríamos tener más luz? ¿Alguien podría poner una jeringa en aquel lado? Mira niña, no te pases.
    —¿Y qué representa todo esto? Porque alguna explicación habrá que dar digo yo —pregunté.
    —¿No has escuchado la frase “La religión es el opio del pueblo”? El señor Bakunin sabía de lo que hablaba.
    Bakunin sí, y tu madre también, capulla.
   —Me alegra tratar con gente leída —concluí. Desde luego, hoy en día el que no sabe es porque no quiere.

    La verdad es que, al final, las fotos no quedaron del todo mal. Yo con la cabeza medio ladeada, mi perfil bueno, con un tablón de palé en la mano. Patrick y su sonrisa de pirado sin paleta, las manos en posición de rezo y las Adidas carcomidas por debajo del trapo. Pol en paños menores, las plantas de los pies negras y los puños con los pulgares hacia arriba.
    Mierda, no. Bien miradas, eran realmente horribles. Pero expresaban cosas. Cosas con furia nihilista. Así lo repitió una y otra vez la chiquilla. Le dije que guardara fuerzas para los folletos de su expo, que no se equivocara de soporte con su cháchara sin sentido. Me miró con el morro torcido. Jódete ya.
    Ya podía imaginar a la tía en una de las casas antiguas del casco viejo, remodelada, con el patio central masacrado, de pulido blanco, pero con el hidráulico aún en su sitio, guardando la esencia pero adaptada a los nuevos tiempos. Pasando por alto las normativas de patrimonio cultural, así tranquilamente.
    Señor mío, estoy desvariando.
    El caso es que me la imaginaba ahí. Copas de champán de plástico. De asqueroso plástico que luego se recoge rápido. Y salchichitas vegano-probióticas para todos esos comedores de hierba y pegatinas, con sus camisetas hechas en Bangladesh y tinta china en la piel. En las paredes sus fotos, nuestras caras. Con los marcos pintados a permanente, por fuera. Más estilo.
    Me pregunté quién limpiaría esa mierda luego.
    Todos adorando a su Bakunin con el estómago lleno de soja verde, de digestión lenta. Discutiendo tramas cinematográficas de directores coreanos. Y por supuesto, luego la crónica hecha imágenes, inyectada en el suero de bytes. El de color azul.
           
    La nena se fue nada más terminar, con el trabajo hecho. Al final la pasta acordada se quedó en un par de birras. Maldita cabrona. Pol salió otra vez vete tú a saber dónde y yo me quedé en mi rincón, con mi caja llena de hombrecitos y césped. A lo mejor me salía algo de pasta en la quiniela. Patrick a mi lado, intentando destripar con un cuchillo un cepillo de dientes eléctrico convencido de que hallaría en él un secreto valioso que ofrecer al mundo.
    —¿Te acuerdas de la vez que Pol apareció con Katrina-plástico-turgente? —se mordía la lengua intentando concentrarse. El cepillo comenzó a girar enloquecido y se le escurrió de las manos.
     —¡Apaga esa mierda joder! —casi me saca un ojo con la chorrada— ¿Y en realidad no se llamaba Caterina-plástico-turgente?
     —Katrina, Caterina…la misma estupidez.
     —¿No la había pillado en una máquina expendedora?
     —Y no me quiso decir en cual.
     —No jodas —cuando Pol se aburrió de ella le quemó la cara con el mechero, le puso un collar de perro y me la dejó colgada de una esquina. Qué miedito daba.
     —El caso es que también trajo chistorras de máquina expendedora.
     —Pues no las probé.
     —Pues tampoco estaban muy buenas.
     —¿Y porque demonios venden eso? —mi equipo iba ganando por dos puntos pero aún así no me fiaba— ¿quién necesita chorizo a las dos de la madrugada?
     —¡Todos los sarasa y muertos de hambre, maldita sea! No te creas, si supiera donde está iba a por unas cuantas.
     —¿Pero no estaban malas? —nos acababan de meter gol.
     —Es por contar la batallita nada más.
     El partido acabó en un par de minutos sin novedad, lo que significaba que mi bolsillo tendría al día siguiente algo más que pelusa. La idea me reconfortó un poco y sonreí levemente.
     Como para cargarse mi estado de armonía momentáneo, Patrick comenzó con una de sus historias.
     —Sabes que, estaba yo en mi pueblo, cuando todavía era un chiquillo y aún no salía del calimocho, y con la tontería mi colega y yo acabamos en el único local donde pasaba algo divertido los fines de semana. Casa Fiestas Albuquerque lo llamaban. Salía una copita de Martini en el cartel de neón, aunque la aceituna tenía la lámpara jodida y nunca parpadeaba. Pero no era el típico puticlub como todo el mundo creía, no. Allí las parejas liberales hacían intercambios. Cosa fina. Llegamos allí sin planteárnoslo. Todo por culpa de la Gorda Joe.
    —¿La gorda Joe?
    —La Gorda Joe, con mayúsculas. Una señorona inglesa de pellejo rosáceo y una flor tatuada en el pecho Así, difuminada por el paso de los años. Y nada, que entramos y no me preguntes cómo, pero allí me quedé solito, en un salón con sillones de tapete y una tele con porno barato. Ni rastro de mi colega. Y La Gorda Joe que se me ponía cariñosa, uno con sus 17 y los ojos como platos. Al final solo se acabó subiendo los refajos para enseñarme el piercing que llevaba entre las piernas.
     —¿Los refajos?
     —¡Todos los refajos hermano!
     Arrugué el gesto de imaginármelo. Un escalofrío me recorrió el espinazo. Después me contó el chiste de los plátanos y la leche condensada y ahí sí que le mandé a coger aire a la ventana mientras yo me retiraba a la hamaca deseándole buenas noches.

     Creo recordar que al final Morgana-cara-de-banana sí que ganó el premio pero, al menos yo, nunca vi nada de ese dinero. 

lunes, 22 de junio de 2015

74

La penumbra era casi absoluta, a excepción de algunos chispazos verdes. El ambiente caluroso y el aire enrarecido.
     Adivinó a través del tacto su cuerpo abotagado, sus extremidades inferiores en semifusión, con textura de tubérculo. Tanteo su regazo. Maldición. Sus piernas parecían ya la extraña mutación de un boniato. Y los dedos de la mano; definitivamente no los recordaba así la última vez.
     ¿Cómo había caído de su silla? Trató de arrastrarse por el suelo pegajoso y alcanzar patéticamente cualquier estructura sólida, con la intención de incorporarse.
     ¿Cuándo había sido la última vez que había desenganchado? ¿Diez años? Seguro que más. Aquella vez no había sido tan desagradable. Esta vez alguna maldita sujeción de la silla tenía que haber cedido bajo su peso y jubilarse sin avisar.
     Aunque el golpe no tuvo que ser lo único que lo saco de la Red. Bien sí. Vamos, estupendo. En su caída tuvo que llevarse consigo algún chisme de vital importancia. Solo que con la poca luz que había era muy difícil identificarlo.
     Trato de librarse de los cableados que abrazaban su cuerpo exactamente en el mismo lugar desde hacía décadas. Se percató de que algunos estaban mimetizados a sus extremidades bulbosas. La única manera de apartarlos era cortarlos o arrancarlos así que pensó que más tarde se encargarían de ello.
     Tanteó un poco más el suelo y alcanzó a sujetar una caja pequeña y aplanada. Le cabía en la palma de la mano. Con esas cerillas encendió su último yute, hacía ya una suma considerable de años, en el último control. Consiguió encender una casi milagrosamente.
     Agitó un poco la cabeza y miró hacia su mitad inferior. La luz anaranjada alivió un poco su embotamiento. Vislumbró un amago de gangrena incipiente en uno de las protuberancias que engalanaban lo que otrora había sido el pie de un atleta en plena forma física. Perfecto.
     Decidió que no le apetecía de ninguna manera averiguar qué aspecto tenía su cara. Podría vomitar durante el proceso, desesperarse y desear no haber vendido su cerebro a los malos de la película. Pronto detectarían el contratiempo y vendrían a por él. Devolverían su trasero purulento a la vieja silla, lo asegurarían con tiras nuevecitas, quizás con algún material que no conocía, y engancharía en la Red como una bala.
     Un indicador parpadeó. “04 nov. 2074”. Aquellos hijos de puta lo habían dejado flotando en un suero de bytes veintitrés años y ocho meses más de la cuenta. Lo que en total ascendía a 43 años sin ningún tipo de autoría sanitaria. O al menos la visita de una de aquellas batas de laboratorio de carácter más bien medroso y rancio. La última vez había resultado ser un veinteañero de pelo grasiento que realizó su trabajo con autentica desgana.
     Le preocupaba la cantidad de años transcurridos sin que se le hubiera concedido una revisión médica. También le preocupaba el hecho de que los trabajadores no tuviesen manera de averiguar el paso del tiempo fuera de la Red. Un buen tema para el sindicato.
     Rezó con todas sus fuerzas para que la empresa no hubiera cambiado de manos y algún jefe hubiese decidido abandonar a los trabajadores a su suerte, cerrando almacenes y tapiando oficinas. No. Decidió que eso no sería posible. Resultaba más económico inocular cualquier virus barato, quizás alguno ruso, y provocar muerte cerebral. Luego unos litros de gasolina y el problema de los administrativos quedaría resuelto sin mucho más melodrama.

     Ahora solo le quedaba balbucear como un infante y retorcerse hasta que llegaran los refuerzos. 


viernes, 6 de febrero de 2015

Viento

Aquella gente tenía los rasgos esculpidos a golpe de viento. Redondeados, ralos, sin pronunciaciones exuberantes, todos ellos provistos de labios gruesos y cejas tupidas.  La vegetación, encorvada, como escudriñando la tierra reseca por si algo de agua se le había escapado, agachadita a su pesar buscando cobijo a ras de suelo; la orografía calma; las piedras sin esquinas. Todo parecía sostener con dignidad, desde tiempos anteriores a la memoria colectiva, el ininterrumpido trabajo del más enervante de los elementos.

       Quizás la carencia de aristas y la profusión de formas sin recovecos habían educado a aquel pueblo en la sencillez y la ausencia de provocación. Aquella no era tierra de huracanes belicosos ni tempestades aparecidas a destiempo, tampoco de acontecimientos sorpresivos. Todo transcurría sin sobresaltos, todo acorde a la fluidez del viento. Un poniente infatigable que recordaba la virtud de la constancia y que cuarteaba mis labios foráneos, recién llegados a la isla.    

jueves, 22 de enero de 2015

Matriz forzosa



Los hermanos, todo piel oscura y cejas onduladas, ropa dandy y solapas, charlaban con la espalda sobre un muro, una de esas tantas amanecidas de aire frío.
—Anoche fue mal, pero la siguiente irá mejor —Jacques miró su copia viva de ceño fruncido.
—Cuando me caiga a pedazos tan solo te pido que me lleves donde mamá y me repartas sobre el mármol.
—Quizás con un poco de adhesivo... —Jacques dibujó una mueca torcida. A cambio recibió un puñetazo que le dejó fragmentos de piel en la mejilla morena.
—¡Qué asco joder! —Diego sacudió la mano. Algunas partículas más flotaron en los tímidos rayos de luz que iban surgiendo recortados por las antenas, los ladrillos desnudos y el mediocre arte callejero esbozado con spray— dame un poco de cáncer, con suerte el pulmón se me llevará antes que esta mierda.
Fumó con rabia el liado que le pasó una mano idéntica a la suya, sin ampollas ni arrugas veteadas.
Hermanos a pesar de todo. Frecuentaban las calles y resaltaban, con terciopelo sintético y trajes de corte a rayas, del mobiliario callejero, mate y tecnificado. Quienes les conocían adoraban narrar su historia. Contaban que su madre parió primero a Jean-Jacques, y que este le pareció tan hermoso nada más salir de sus entrañas que mandó a clonar otro idéntico, llamado Diego, para así tener un niño predilecto para cada ojo.
Los primeros síntomas llegaron sin mucha preocupación, Diego los achacó a una intoxicación alimentaria adquirida en uno de los tugurios sin ventanas que solían frecuentar cuando necesitaban algo de comer. Fideos picantes y un poco de cerdo agridulce revenido, seguro que era eso. Y lo siguió pensando aún cuando las erupciones y la tos se agravaron.
Recuerda haber dicho basta la mañana que escupió su primer esputo sanguinolento. Ese mismo día acudió, junto a su hermano, a un anciano sabido de mundo, uñas inmensas y ennegrecidas, inquilino de una oscura habitación mohosa. De entre todas las baratijas, Diego solo recordaba la hilera de cabezas colgadas del techo, profusamente peinadas y dispuestas según el color de pelo.
—¿De plástico? ¿Años ochenta? —poseía un don especial para la catalogación de chucherías antiguas, cotizadas si su conservación era buena.
—Estas pequeñas me hacen compañía, a veces incluso sus respuestas son inteligentes —la risa del viejo se entremezcló con una tos seca— ¿Cuántos años tienes joven?
—Diecisiete y medio —se quitó el sombrero, como un amago de saludo sin terminar, y lo apoyó sobre una repisa cubierta de tarros opacos.
—¿Gemelos? —el anciano entrecerró los párpados abombados con sospecha.
—Parto natural y copia —afirmó a su vez Jacques, señalándose primero a sí mismo y luego a su hermano. Este le miró con rabia al tiempo que se apartaba el flequillo de la frente.
—Así que una clonación. El momento de las secuelas siempre llega, pero uno ya sabe lo que ocurre cuando se juega con fuego —miró al aludido con pesar— creo que van a necesitar un lanzador, y rápido.
—¿Un qué?
Eso había ocurrido la semana anterior. Diego sufría sin saberlo desde hacía varias semanas una enfermedad degenerativa, única por su condición de copia, llamada vulgarmente lepra. El dictamen del anciano fue más que claro: el hermano réplica se descompondría a trozos irremediablemente y la degeneración continuaría su marcha exponencial hasta desembocar, en el mejor de los casos, en un Fallo Multiorgánico.
—Verás que esta noche encontramos lanzador, por ahora busquemos algo de comer —dijo Jacques. Caminaron algunos callejones hasta un establecimiento subterráneo de paredes aceitosas.
Ni siquiera un Sunday Lunch consiguió levantarle los ánimos a Diego. Dejó finos pellejos de piel en el tenedor de aluminio y el borde del vaso cubierto por una película babosa y desagradable.
 Los médicos advirtieron del peligro y las posibles consecuencias inimaginables de la abominación que pretendía cometer su madre. Señalaron con escándalo que la generación experimental de copias tan solo estaba dando sus primeros tanteos. A Mamá poco le importaron los avisos. Ella había leído en una revista, tal y como dijo "científica y muy seria", que ya era posible la clonación.
Mamá era muy rica en ese momento, realmente rica. Se había acostumbrado con facilidad a obtener lo que quería de manera fácil, inmediata y efectiva. Demasiadas veces había comprobado lo rápido que se podían enmudecer bocas y torcer convicciones introduciendo la cantidad de dinero suficiente en las cuentas adecuadas.
Ella tan solo quería otro Jean-Jacques; no era pedir demasiado y podía pagarlo. No era justo que una mujer con instinto maternal superdesarrollado no pudiera satisfacer sus deseos.
Dijo aquello haciendo pucheros al director del hospital, dijo aquello con grititos histéricos a la directora del instituto de clonación y dijo aquello con una sonrisa de suficiencia cuando le entregaron su segunda criatura, un mes más tarde del primer nacimiento.
Fue el último gesto egoísta antes de que su economía se fuera a pique. La pequeña familia pasó sus últimos años a las afueras, mamá daba clases de inglés para pagar el alquiler, recordando los viejos tiempos en los que miraban un Kandinski cada vez que cruzaban el rellano de la escalera.
 Mamá se había ido seis meses atrás, cuando ya ni siquiera las inyecciones de morfina resultaron un consuelo para el dolor de su larga enfermedad y cuando el escaso dinero que le quedaba no alcanzó para un trasplante metálico.
Desgraciadamente, la orfandad era un mal escasamente pagado en aquellos tiempos y mamá solo había dejado deudas solapadas. Hermano uno y hermano dos no alcanzaban, ni con los muchos trapicheos, a costear una solución duradera para Diego.
—¡Puta caprichosa!–Diego recordaba y sollozaba bajito, no quería ofender a su elegante traje a rayas–. La odio.
Permanecieron en el sótano hasta el mediodía bebiendo mistelas y diciéndose el uno al otro lo desgraciados que eran, al camarero y a todo aquel que tuviera la mala suerte de plantar las nalgas en el asiento contiguo en la barra. Finalmente salieron, cuando el sol apenas se distinguía allá arriba, tras un penacho de nubes grisáceas.
—Espera hermano, espera —Diego se inclinó apoyando la palma de la mano en una pared cubierta de escayola desconchada. De su boca salieron a borbotones bilis y sangre. Algunos fragmentos medio digeridos y el líquido vital en una mezcla descompuesta.
—¡Joder tío! ¿Estás bien? Todo esto no me gusta nada —Jacques lo miró con apuro.
—No paso de mañana hermano, me voy a la mierda —Diego apenas podía hablar. De sus comisuras colgaban restos de vómito color rojizo.
—Vamos, la calle proveerá —no recordaba dónde había oído esa frase por primera vez.


Esa noche acabaron, definitivamente, en un mal callejón pero cuando se dieron cuenta era demasiado tarde para dar la vuelta. Un corro de chupas negras y brillos tibios de tachuelas bajo la luz anaranjada de la farola. Fumaban droga apoyados en el ladrillo desnudo mirando fijamente la pared de enfrente y sin charlar entre ellos. Jacques y Diego esperaron inútilmente pasar de largo sin aguantar un chaparrón.
—Vaya piltrafa que estás hecha, amigo —una de las chupas se dirigió a Diego—, para echarte en los macarrones.
El resto de capullos rieron la gracia. Era una de esas viejas series de televisión. Una escena típica en la que el personaje de malo malísimo y pretencioso se rodea de chimpancés hormonados para asegurarse de que está lo suficientemente protegido cuando escupe sus tonterías. Pobre estúpido, seguramente resto del tiempo, cuando estaba solo, se limitaba a mirar al sueño como el cagueta que era.
—¡Cállate gilipollas! Y te hago un favor, normalmente no me dirijo a nadie que no sepa liar un porro como es debido —contestó el aludido.
El gorila miró el liado de hachís que sostenía entre el índice y el pulgar con exagerada rimbombancia y esbozó una mueca. Luego lo lanzó al alquitrán polvoriento.
—¿Alguien quiere una ración de hostias? —comenzó a buscar a tientas, sin dejar de mirarlos, la gruesa cadena de eslabones que colgaba de sus vaqueros desgastados.
Diego volvió a encontrarse mal. El vómito le subió a toda velocidad por la garganta, quizás como un reflejo de su rabia, y fue a aterrizar con gran escándalo sobre las botas puntiagudas de aquel tipo. Pensó que, por una vez, sus fluidos incontrolables servían para algo. Las salpicaduras también alcanzaron a algunos de sus esbirros.
 Silencio total por varios segundos interminables. El capullo era incapaz de articular palabra, como si le estuviera constando un gran esfuerzo asumirlo todo. Era imposible que alguien se hubiera atrevido a ultrajar el cuero de sus botas de aquella manera tan poco elegante. Finalmente reaccionó.
—¡Ahora sí que la cagaste maldito imbécil! ¡Te voy a sacar la poca piel que te queda a golpes y cuando haya terminado limpiaré la cadena con tu colega!
Diego metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un pequeño objeto redondeado y oscuro. Lo enarboló por unos instantes, para que todos fueran conscientes de lo que se trataba y, rápidamente, se aproximó al capullo, que ya había reaccionado dando un respingo hacia atrás.
Lo sujetó firmemente por la cabeza, sumergiendo los dedos en su cabello casposo y tiró de ella hacia abajo mientras le colocaba el dispositivo a la altura de la sien. El resto de simios formaron un semicírculo diseminado y poco a poco fueron reculando temerosos.
—Mueve un solo pelo y no seré yo el único que acabe con la carne desparramada por el suelo. ¿Crees que tengo miedo? ¿Cuánto crees que me queda? ¿Una semana? Quizás menos. Ahora me divierto aplastando cabezas tío. En serio, vuelve a gemir y ni siquiera oirás a tu cerebro hacer capum —dijo Diego casi susurrándole al oído. Como reafirmando su sorpresiva toma de poder, le vomitó un poco de sangre en la cara.
—Suéltame tío, vamos. Mira a mis colegas, están cagados de miedo. Suéltame y nos iremos.
—Antes me vas a decir dónde encontrar un lanzador y más te vale que no sea un farol.
—Vale, sí. Hay una tipa, una gabacha. Se dedica a vender mierda pero creo que también hace otras cosas. Vive a cinco calles de aquí.
—¿Dónde vive exactamente? —tiró con más fuerza hacia atrás.
—Espera joder, estoy recordando. Un edificio. Algo y esmeralda. Piso once.
—Muy bien, ahora fuera de aquí. ¡Fuera de mi vista!
Lo lanzó bien lejos. El capullo cayó de rodillas pero enseguida se puso en pie y salió corriendo seguido de su escolta.
Jacques miró a su hermano con expresión histérica. Esperó a que se hubieran alejado lo suficiente para interrogarlo.
—¿Tío, desde cuando tienes una jodida triple-a? ¿Y por qué no me lo has dicho antes?
Diego rió. No recordaba la última vez que lo había hecho. —En realidad es un viejo mando de coche y da la casualidad de que el led se parece bastante a un implosionador —le mostró la argucia. Al pequeño dispositivo le faltaba un botón. Incluso le colgaba una anilla niquelada para usarlo como llavero—. No pensé tener que utilizarlo nunca. Y ahora, déjame unos minutos tío. Tengo ganas de vomitar y esta vez no es la lepra. Joder, que miedo acabo de pasar.


Una vez hubo vaciado el estómago por enésima vez comenzó a marearse. Quemada la última dosis de adrenalina, Diego comenzó a perder las pocas fuerzas que le quedaban a una velocidad alarmante. Ya apenas podía hablar.
—¡Eh no! ¡No, no! Arriba ese ánimo colega —Jacques lo sujetó, con un brazo sobre sus hombros, y lo sacudió un poco con la esperanza de infundirle coraje—. ¡Ya estamos sobre la pista!
 Salieron del callejón dando tumbos y, tras algunos interrogantes, encontraron el edificio Esmeralda 3, un bloque opaco y fragmentado. Piso once, puerta desconocida. Jacques ayudaba a caminar a su hermano sujetándolo por los hombros, descascarillados bajo la tela a rayas y la camisa de algodón. Llegaron a un pasillo aparentemente sin fondo, con una bombilla solitaria en lo alto. Tres puertas. En las dos primeras no contestaron. Solo podía ser la tercera. Finalmente una mirilla de rejilla metálica se abrió bruscamente y tras ella aparecieron unos ojos azules y ribeteados.
—¿Qué quieren? ¿Qué traen? ¿Panfletos? ¿Flores? ¿Caramelos? Nada de lo que tengan me puede interesar —la mujer escupió las palabras con un profundo y desagradable acento francés.
—¡Espera! Queremos hablar de negocios. Sabemos a qué te dedicas.
—¿Soy famosa? ¿Y quién es el cabrón que airea mis intimidades por ahí? –un hilillo de humo traspasó la rejilla. Entrecerró los ojos con desconfianza.
—¡No se trata de eso! Mira, mi hermano está en las últimas y su única alternativa… ¡Joder! ¿Querrías dejarnos entrar? ¡La cosa es seria!
—Tienen un minuto —la puerta se abrió solo el espacio suficiente para que se colaran en fila.
Aquello era un loft fabricado a la fuerza. Habían eliminado los tabiques a golpe de martillo, exceptuando la separación entre el baño y el resto del espacio. Una pared de baldosas anaranjadas y decoradas con viejos iconos señalaba el lugar en el que debía situarse la antigua cocina.
Un escritorio inmenso, infestado de colillas, libros, monitores y trozos de metal indescifrables ocupaba el fondo de la estancia, bajo un ventanal. Desde allí las vistas eran impresionantes. Hasta los edificios sórdidos ganaban en buena presencia y las calles se mostraban apetecibles y bulliciosas. Esa noche no colgaba más que Venus de la cartulina negra y sin nubes.
—Treinta segundos —la mujer se sentó en un taburete de gomaespuma.
—Mi nombre es Jean-Jacques y este es mi hermano Diego. Dinos tu nombre al menos.
—Me llamo Rita. Bonito negocio han hecho con ustedes. Sé perfectamente qué es lo que buscan —dio un trago a un vaso con líquido color caramelo— A mi pesar, me dedico a limpiar la mierda que la ciencia se deja en los pañales y a salvar pellejos –soltó una risotada– en este caso al revés.
—Entonces ¿estamos en el sitio indicado?
—Conozco muy bien las clonaciones, si es a eso a lo que te refieres.
Diego comenzó a sacudirse y un hilillo de sangre resbaló de su boca.
—Jesús, agarra esto —Rita recogió una palangana situada cerca de la ventana y se la pasó. En tiempos anteriores fue de color verde.
—Gracias —Diego trataba de acompasar la respiración con los intervalos cortos de vómito sanguinolento.
—En fin chico, te propongo dos alternativas: o te quedas temporalmente colgado en la Red mientras buscamos un anfitrión forzoso o le hacemos otra copia a tu hermano —recogió distraídamente un pedazo de hachís de la mesa y lo aplastó entre las uñas intentando darle forma con la fricción—, claro que no me hace mucha ilusión introducir una mente adolescente en el cuerpo de un recién nacido. Y tampoco creo que Jacques quiera hacer de niñera. Además dentro de tres lustros, más o menos, te estarás cayendo a trozos de nuevo y tendrás que volver a buscarme. Sabe dios dónde andaré metida para esas fechas. Tú decides.
—No sigas, ¿por dónde empezamos a buscar víctima? —el simple hecho de imaginarse como una criaturita regordeta y sin dientes era más de lo que podía soportar.
—Me temo que eso será trabajo de tu hermano —lo miró con expresión grave— no puedes esperar mucho más tiempo. Pero tranquilo, mis archivos son como hoteles de cinco estrellas, estarás cojonudamente cómodo y bien seguro.
—¿Y si no me gusta el anfitrión? –vomitó otro poco en la palangana.
—No tienes muchas elecciones hijo.
—Perdona Rita pero se me olvidaba decirte que no tenemos dinero.
—Entonces laven esa palangana en el grifo que está al fondo y váyanse por donde han venido a paso ligero —giró con un bufido sobre su taburete, dándoles la espalda, y se dedicó a sus cuatro pantallas de treinta pulgadas.
—¡Rita, tienes que ayudarle joder! La va a palmar muy pronto —Jacques sostenía a su hermano al tiempo que intentaba mantener una expresión lo suficientemente agresiva como para convencer a aquella francesa de pelo parduzco.
—¿Y quién te crees que soy chico? —se giró toscamente con el tabaco en la comisura— Las hermanas de la caridad están tres cuadras hacia el sur si no me equivoco. Consulten una guía y preséntense allí con la misma historieta. Verán qué risa.
—¡Precisamente por eso eres la única que puede hacer algo! ¡Lleguemos a un acuerdo!
—Olvídalo, todo el mundo sabe que una copia siempre tiene menos días que contar que un humano y sin dinero no hay nada que hacer.
—Entonces no te quito más tiempo —dijo con mirada cáustica. Ambos hermanos salieron renqueando por la puerta, agarrados el uno al otro por los hombros y sin molestarse siquiera en cerrarla.
Rita se quedó mirando la puerta abierta escupiendo humo y escuchando el zumbido eléctrico que emanaba de los aparatos. Aquel sonido familiar acompañaba su vida desde que empezó fortuitamente en la profesión cuando aún era una chavala. Reconfortante como el ronroneo de un gato. Acuérdate, te arrepentirás por haberles ayudado. Salió al pasillo comunitario. Los hermanos estaban a punto de doblar la esquina en dirección a la escalera.
—¡Anda, vuelve aquí grandísimo cabrón! —gritó dirigiéndose a Jean-Jacques. El eco resonó con la misma claridad que la de un auditorio. El muchacho dio y respingo se giró con gesto turbio.
De nuevo en su asiento, Rita comenzó a explicarle las condiciones al tiempo que apagaba la colilla en una lata aplastada.
—Bien, este es el trato: ambos tendrán que pagarme el encargo haciendo de correo —señaló unos enormes fardos situados en la esquina contraria. Jacques imaginó que se trataría de alguna droga sintética nueva, a juzgar por las desconocidas siglas pintadas a permanente negro en cada uno— y por supuesto, Jacques, el trabajo de búsqueda de anfitrión corre de tu cuenta, así veré si hay talento para estos negocios o si estoy haciendo tratos con un par de inútiles. ¡Y una cosa más! —hurgó en una gaveta salpicada de pintura— Asegúrate de que la víctima se toma esto antes de que arrastres su trasero hasta aquí —le lanzó una bolsita autosellada llena hasta la mitad de cristales translúcidos.
—¿Qué es? —Jacques examinó su contenido. Olía a polvos pica-pica machacados.
—Digamos que te facilitará la tarea y no recordará nada en el caso de que consiga huir.
—Vamos, que me tengo que camelar primero al anfitrión, invitarle a tomar algo e introducir esta aspirina machacada en su copa.
—¡Improvisa! También puedes dejarle sin sentido de un golpe y deslizarle la droga por la garganta.
—¿No crees que será un poco sospechoso cargar con una persona inconsciente por todos los malditos barrios de la ciudad hasta este agujero?
—¡Oye niño, ya te he dicho que es tu jodido trabajo!
Jacques resopló pero evitó continuar con las réplicas. Aquella tipa les estaba salvando el trasero. Rita se levantó de su asiento y comenzó a disponer todo lo necesario para el traspaso.
—Entonces comencemos sin más preámbulos. Tú, precioso, te toca ponerte en acción de nuevo —besó con ridículo aprecio una consola negra mate de bordes redondeados. Ambos hermanos se miraron por el rabillo del ojo al unísono.
—¿Pero qué haces? —preguntó Diego.
—Esto, mi estimado, es lo que va a permitir que salgas de esa mortaja putrefacta y te quedes flotando en pleno paraíso ciberespacial. Si muy pocos tienen un dual en estas condiciones en sus filas, nadie en todo este cochino planeta cuenta con las mejoras que me encargado de administrarle.
—Si tú lo dices —Diego se llevó el dedo índice a la sien mirando a su hermano.
—Ahora ven y siéntate —le señaló una silla con respaldo y reposabrazos, cubierta de film transparente. La dentista loca de la consola.
Diego se aproximó con debilidad y se encaramó patéticamente al asiento.
—Bien, antes que nada, ¡esto! —Rita le introdujo un tubo de silicona en la garganta sin ninguna delicadeza con el objetivo de drenar los vómitos. Debido a la brusquedad un trozo de labio se despegó y la carne comenzó a sangrar. A continuación, lo ató de pies y manos al asiento con unas correas que ella misma había diseñado.
—¿Es necesaria tanta precaución para entrar en la Red? —señaló Diego con voz apenas entendible.
—¿Pero tú te crees que esto es solo una visita a los Castillos de Hielo? ¡La Red será tu líquido amniótico! ¡Consciente o inconscientemente serás parte de ella! ¡No es tan simple como verla desde fuera a través de la limitación de una interfaz! Mira, te daré una golosina ¿vale? Te ayudará a no hacer preguntas estúpidas y quizás yo pueda concentrarme en mi trabajo.
Le administró una vía con narcóticos. El monitor de signo vital parpadeaba con su característico pitido rítmico. La trama de receptores colocados en la base del cráneo. Ultimadas las formalidades, Rita tomó su posición entre teclados y monitores. Jacques pudo ver desde atrás algunos códigos en caracteres verde flúor. Desde luego, ciertas cosas nunca cambiarían.
—¿Estás preparado Diego? Agárrate que vienen curvas —el aludido tenía los ojos en blanco y su cabeza reposaba inerte sobre el respaldo. Rita ahogó una carcajada al ver semejante escena.
El dual comenzó su zumbido frenético y Rita se mordió la lengua para concentrarse. Tecleos rápidos y sucesión interminable de códigos alfanuméricos.
—¿Y ahora qué? —Jacques estaba inquieto en su asiento de plástico.
—Ahora te callas o te echo a la calle.
La consola emitió un pitido insoportable que se elevó por encima de los escandalosos zumbidos que emitían todos y cada uno de los cerebros informáticos contenidos en aquella habitación.
Jacques miró a su hermano. No se había movido ni un centímetro desde que el opiáceo entró en su torrente sanguíneo. Lo cierto es que Diego estaba hecho un guiñapo. La extrema descamación de su piel en algunas zonas era ya un revoltijo de fragmentos purulentos y algunas zonas rezumaban sangre oscura y espesa. Había perdido el pelo de las cejas por completo y el fragmento de labio colgaba de manera macabra.
El dual remitió su alboroto. Rita le había endosado con muy mal gusto una tira led en las aristas a modo de adorno. Verde, rosa, amarillo. Ahora azul. Los colores proyectaban sobre el paciente y hacían aún más siniestra la operación.
Jacques se estremeció. Desearía haber tomado él también un poco de ese narcótico y no ver a su hermano en ese estado. Evitó reflejar cualquier signo de inquietud para no desconcentrar a Rita.
La velocidad de los pitidos en el indicador de signo vital aminoraba paulatinamente. El pulso era cada vez más débil. Jacques se alarmó. Miró la pantalla sobre la que trabajaba Rita pero no pudo asimilar ninguna información que le tranquilizara. Se negó a intentar entender aquellos símbolos del averno y los bloques de texto verde neón que los precedían. Los pitidos se convirtieron en un único y escalofriante sonido final.
Jacques no aguantó más.
—¡Joder, has matado a mi hermano puta gabacha de mierda!
Rita se giró con cara sudorosa —¡Cállate imbécil! ¿Es que esperabas que la cáscara siguiera vivita y coleando? Diego está aquí dentro.
Jacques se aproximó mientras Rita señalaba con el índice la línea de texto en uno de los monitores. Un símbolo en forma de carpeta.
—¿Lo estará pasando mal?
—No mucho más que en estado comatoso te lo aseguro —Rita enseño los dientes a modo de sonrisa.


La hilera de personas, caminando hacia quién sabe dónde, acompasados como una masa uniforme y estructurada. A primera vista seguían un patrón fijo de vestimenta y andares. Jean-Jacques escupió al asfalto. No iba a resultar fácil encontrar un anfitrión aceptable y a gusto de su hermano. ¿Bajito y cabizbajo? Descartado. Ese tenía dientes muy estropeados. Dios, ese sí que no. Ese tampoco. Joder. Aquello iba a ser el cuento de nunca acabar. Suspiró.
Ese era el comienzo. El problema vendría cuando le tocara cargar la mercancía. Estaba oscureciendo. Había pasado el resto de la noche anterior ayudando a Rita a licuar la carne de su hermano en cal viva. Cocinado como un trozo de res en un consomé cáustico.
Rita dijo que conocía a un tipo que comerciaba con huesos humanos y se los endilgaba a coleccionistas y aficionados al arte relacionado con el memento mori. Explicó a Jacques que la descomposición de la carne sería casi instantánea debido al avanzado estado de la lepra. Efectivamente, aquello fue como deshacer una pastilla efervescente en agua.
La degeneración de copia no afectaba a los huesos. Lo comprobaron muy bien cuando fueron retirando, uno a uno, cada fragmento de esqueleto, con paciencia y meticulosidad. Jacques accedió de mala gana a sacrificar el cuerpo de Diego de manera poco honorable con la esperanza de rebajar la deuda.
—Por supuesto, la cabeza es lo más preciado —Rita examinó las vetas sinuosas que unían cada hueso craneal a la luz del foco de su mesa—. Con esto hacen lámparas.
—Quítame eso de las narices, no quiero ver nada más —Jacques hizo una mueca de asco—. Y porque no tenemos dinero, no creas que me hace feliz todo esto.
—Quién sabe, puede que tu hermano acabe de expendedor de papel y que algún patán opulento lo utilice a diario para limpiarse el culo —rió aporreando la mesa con tanta fuera que un montón de huesecillos cayeron al suelo.
Cuando la luna inició su excursión en el telón de fondo Jacques aún seguía en medio de aquella masa multiforme. Vagaba sin rumbo fijo y con un nudo en el estómago. No tenía ni idea de cómo iba a drogar a un tipo que tuviera más o menos su edad y arrastrarlo hasta el apartamento de Rita sin levantar sospechas. Las viejas escaramuzas, los hurtos y los pequeños timos no eran nada en comparación con aquello. De repente fue consciente de la responsabilidad que se le venía encima.
Reanudó el paseo. Una fina llovizna de principios de invierno comenzó a caer sobre los transeúntes, empañando los carteles interactivos que cuajaban las fachadas. Una calle tan céntrica no era el mejor escenario para lo que se disponía a hacer.
Acortó caprichosamente por una calle algo estrecha en dirección norte. El paisaje urbano seguía siendo el mismo que en todas partes. Cables y alambres desnudos, como cajas torácicas abiertas a la luz de las farolas, y algunos escaparates de comercios alimentados con fluorescentes ruidosos y titilantes.
Un disparo. Ahora otro. Paró en seco intentado distinguir algún sonido por encima de su respiración entrecortada y el bombeo de sangre golpeando en sus oídos. Gritos femeninos. Un cristal roto. Los disparos no habían ocurrido muy lejos.
Chapoteó a toda velocidad por el cemento, y giró a la derecha. Por allí no era. Un callejón sin luz. Volvió sobre sus pasos y tomó una bocacalle que terminaba en unas escaleras bañadas en luz naranja. Saltó los escalones de dos en dos y aterrizó en una pequeña plazoleta mal iluminada.
En el mismo centro dos armarios trataban de arrebatarle un arma a una muchacha delgada e histérica. Su camisa blanca estaba manchada de sangre a un costado. Uno de los tipos sujetaba un objeto afilado.
—¿Y si estoy como una cabra qué?
—Vamos chiquilla, a papi no le hará gracia saber que utilizas sus cosas.
—¡Que le den a él! ¡Que les den a ustedes!
—En realidad con que nos devuelvas el arma bastaría.
—No bastaría —dijo el otro gigante.
—¡Cállate gilipollas! —el del cuchillo le apuntó con el filo.
La muchacha sollozó un poco. Jacques se había escondido tras un montón de basura apilada procurando respirar con tranquilidad y guardar silencio. El brillo de la hoja que empuñaba aquel tipo le dio escalofríos. Por todos los demonios, que aquellas cajas de cartón no le delataran.
—¡No pienso volver! —la muchacha seguía berreando.
Jacques se exprimió la sesera pensando en alguna idea brillante. Recordaba que por esa zona había un bar que conocía bien. Sí, podía servir. La situación se pintaba sola. Se alejó poco a poco de allí sin hacer ruido y, cuando estuvo lo suficientemente lejos, echó a correr.
En la puerta había cuatro jamaicanas fumando liados y bebiendo cerveza. Vestían zapatos de suela gruesa y chaquetas de polipiel oscuro. Jacques entró rápidamente en el local y analizó la situación. Doce, quizás trece tipos con ganas de juerga, botas de punta de acero y rostros curtidos.
—Chicos, allí hay dos gilipollas que dicen que los negros son lo peor.
—¿Dónde? —varios de ellos, los más cercanos, soltaron su cerveza de un estampido en la barra y se pusieron en pie.
—Ahora están jodiendo a una chiquilla, allí al final de las escaleras, en la plaza. Yo conseguí escapar de milagro. Uno lleva un cuchillo.
—¡Oye chaval no te los lleves muy lejos! ¡No quisiera cerrar hoy antes de la cuenta! —el camarero dijo aquello con una sonrisa. Le faltaban algunos dientes pero el resto se mantenían en buen estado, sorprendentemente blancos bajo unos labios carnosos y oscuros.
Funcionó. En un instante el bar quedó desierto, a excepción del patidifuso camarero, entretenido en secar algunos vasos con el extremo de su delantal grasiento. Como el pastor de un rebaño enfurecido, Jacques guió al grupo por las callejuelas, jarras de cristal en mano, hacia la plazoleta.
Cuando llegaron, los dos gigantes seguían exactamente en la misma posición que antes. Una de las jamaicanas de la puerta, con el mismo impulso de la carrera, empotró su jarra vacía sobre la nuca del tipo del cuchillo. Este cayó al suelo como un saco de harina y el cuchillo rodó por los adoquines. Su compañero se dio la vuelta sorprendido y alarmado, pero justo ese instante tres tipos de la manada se le tiraron encima y comenzaron a sacudirle por ambos lados.
Jacques los dejó divertirse con sus cadenas y sus jarras, mientras buscaba a la chica. Se había retirado a una esquina sin saber muy bien cómo reaccionar.  
—Vámonos de aquí —Jacques no perdió más tiempo.
—¿De dónde sales tú?
—¿Prefieres quedarte? —la muchacha negó con la cabeza—. Bien, entonces sígueme.
Jacques avanzaba delante de ella, guiándola por las callejuelas semidesiertas hasta que oyó un sonido a su espalda. La chica había caído al suelo. ¿Quizás debería? Le daría el cristal, le llevaría a casa de Rita y luego pensaría qué hacer. Aquella herida le preocupaba.


—¿Pero esto qué es? ¿Me traes una tipa malherida para que haga el cambio? —Rita abrió rápidamente la puesta y Jacques y la chica cayeron como dos sacos contra el suelo.
—¡Las cosas salieron así! Ahora no me pongas nervioso Rita, hay que coser la herida —se levantó de un salto y arrastró el cuerpo de la chica hacia dentro para cerrar la puerta.
— ¿Herida? ¿Qué herida? ¿Le diste el cristal? ¡Júrame por todos los dioses que le diste el cristal!
—¡Le di el maldito cristal! Le cosemos la herida, la dejamos lo suficientemente drogada hasta que se recupere y ya está. Cambio y corto.
—¡Desde luego es el trabajo más chapucero que he visto en mi vida! ¡Ni siquiera es del mismo sexo que el huésped! —Rita se arrodilló, rasgó la camisa de la muchacha hasta la axila y contempló el corte— Putain!
—Supongo que sabes cómo arreglar estas heridas.
—¡Claro que sí! ¡Todos los días me traen fulanas inconscientes a casa para que les zurza cortes hechos en dios sabe dónde! —puso los ojos en blanco y comenzó a hurgar en una de las gavetas. Se acercó con una bolsa desbaratada llena de gasas, alcohol etílico, una aguja, hilo y mechero— espero que tenga la antitetánica.
—¿Vas a coserlo con eso?
—Cuando era una chiquilla nos hacíamos los agujeros de las orejas así, no debe ser muy distinto.
Rita se lavó ambas manos con un poco de alcohol, sujetó la aguja por un extremo y la quemó con el mechero, luego la aclaró con un chorro de alcohol y la enhebró con el hilo, tintado extrañamente de color naranja flúor. Finalmente hizo un nudo en el extremo de la hebra, como si fuera a hilvanar un dobladillo.
Jacques contempló toda la operación arrepintiéndose y preguntándose cómo había dejado una tarea manual en manos de una artista de lo inmaterial. —Vamos allá— Rita se inclinó sobre la chica y engarzó torpemente un pliegue de piel con el otro. Unió el corte con puntadas más o menos decentes y finalizó con un punto de cierre. Remató la faena con un chorrito más de alcohol y sonrió satisfecha.
Una bombilla de luz negra cercana transformó el zurcido en un ribete naranja y escandaloso sobre la piel azabache de la muchacha. Entre los dos la colocaron, todavía inconsciente, en un jergón junto a la puerta.
—Se va a morir —Jacques suspiró angustiado.
—No digas tonterías —Rita alzó una ceja—. Entonces ¿has decidido que sea ella el anfitrión? Siendo tú no me lo pensaría mucho, estoy segura de que tu segunda cacería será aún más penosa que esta —sonrió con sarcasmo. A su pesar, Jacques coincidió con ella—. Eso sí, cuando Diego eche en falta algo entre las piernas no moveré un dedo para evitar la paliza.
—Creo que no hay muchas opciones —miró a la muchacha y sintió lástima.


Un disparo. Jacques creyó que estaba en la plazoleta de nuevo. La muchacha le había volado la cabeza a uno de los gigantes mientras él observaba la escena escondido en el mismo montón de basura. De nuevo el mismo disparo, el mismo sonido unísono como una grabación. Ese fue el que lo despertó. Otro más, ruido y por fin, silencio.
Salió del cubículo, que Rita le había proporcionado para echar una cabezada, con cautela, lentamente, sin respirar. Se trataba de un camastro empotrado a la pared y separado escuetamente del resto de la estancia con un simple biombo de palmeras desteñidas. Enfocó la vista y creyó ver a Rita estirada en el suelo, con una de las estanterías cubriendo su cuerpo hasta la cintura y los leds serpenteando sobre las fisuras de la madera agrietada. Le asaltó una sensación confusa, como un golpe bajo el esternón, que duró varios segundos, aún con la mirada adormecida y el cerebro embotado. 
—¡Joder, Rita! —se incorporó rápidamente y corrió hasta donde estaba ella. Un hilillo de sangre asomaba de su nariz. La camiseta marfil totalmente impregnada de rojo. Miró hacia la puerta. Estaba abierta y ligeramente desplazada en los goznes. El jergón estaba vacío— ¿Qué coño ha pasado?
—Quisiera saber de dónde salió tu amiga.
—¿La conocían?
—¡Se la han llevado en volandas maldita sea!
—¿Cómo no me han volado la cabeza a mí también?
—¡Ni siquiera sabían que estabas ahí!
¿Sabían? ¿Cómo eran?
—Más grandes que esta estantería y provistos de muy buenos argumentos.
Rita intentó arrastrarse bajo el peso del mueble para liberar las piernas pero sintió un dolor agudo en el muslo derecho y en el pecho.
—Genial, nunca me gustaron las piscinas
Jacques se inclinó y pudo ver con horror como un reguero de sangre iba convirtiéndose en charco a la luz negra de la bombilla y el chisporroteo de los leds. ¿En qué momento lo habían seguido? No podían haber sido los tipos de la plaza, pero aún así alguien más, alguien que ni él mismo alcanzaba a imaginar, tenía que disponer de un lugar en aquella ecuación. 
—Agarra una de esas unidades —Rita escupió un poco de sangre y señaló trabajosamente una repisa con libros—, y tráeme un tabaco, hazme el favor. El mechero está dónde siempre.
—¿Qué?
—¡Hay que poner a tu hermano en algún sitio, estúpido! ¡Hazlo antes de que empiece desvariar por la falta de sangre!
—¿Crees que la vas a palmar? ¿Tú no eras la que sabías coser heridas?
—¿Quieres callarte de una vez y darte prisa?
—¡Tiene que haber algo con lo que bloquear esa arteria! —Jacques comenzó a buscar inútilmente, lanzando todo cuanto encontraba a la otra esquina de la habitación— Una cuerda ¡Algo! ¿No puedo usar yo mismo el dual? —se acercó al aparato, que ahora lucía una perfecta circunferencia de calibre 9 justo en el centro— ¡Mierda!
—Pero… ¡cállate ya por todos los demonios! ¡Si quieres sacar a tu hermano de ahí date prisa de una vez!
Finalmente, Jacques hizo lo que le pedía. Puso un tabaco en la comisura de su boca y lo encendió —Entonces dime qué hacer.
Rita le indicó los pasos tosiendo el tabaco negro e injuriando en su idioma materno. —Formatea.
—¿Qué dices?
—Bórralo todo cuando acabes y quema toda esta mierda.
—¿Te volviste loca del todo?
—¡Hazme caso! Con suerte le prenderemos fuego también al piso de la vieja que vive en el doce. Y a sus estúpidos gatos —hizo una breve pausa—. Tráeme esa bolsa de plástico que está encima de la mesa —Jacques distinguió algunas hipodérmicas y una confusión de bolsitas autoselladas, cristales y pequeños frascos.
Por suerte para Rita, sea cual fuere la sustancia que se inyectó, hizo pronto su efecto. Se dejó dormir tarareando para sí una extraña canción ininteligible, meciéndose suavemente con un ligero chapoteo. Tú piensa que no se entera de nada. Maldita idiota, no era tarde para ti. Fue lo último que se dijo Jacques antes de abandonar el piso definitivamente.  

Días más tarde, en un café, volvió a recordar las perezosas llamaradas asomando por la ventana del onceavo expuestas al tenue amanecer que se anunciaba, con su clarear pausado. Sentado junto a una de las ventanas del establecimiento, contemplando el asfalto a través del velo de suciedad impregnado en el cristal. 
Miró la unidad de almacenamiento que reposaba encima de la mesa. Apuró su café y la recogió, sopesando su tacto en la mano. —¿Cómodo?— La introdujo en el bolsillo de su chaqueta y salió a la calle.