lunes, 22 de junio de 2015

74

La penumbra era casi absoluta, a excepción de algunos chispazos verdes. El ambiente caluroso y el aire enrarecido.
     Adivinó a través del tacto su cuerpo abotagado, sus extremidades inferiores en semifusión, con textura de tubérculo. Tanteo su regazo. Maldición. Sus piernas parecían ya la extraña mutación de un boniato. Y los dedos de la mano; definitivamente no los recordaba así la última vez.
     ¿Cómo había caído de su silla? Trató de arrastrarse por el suelo pegajoso y alcanzar patéticamente cualquier estructura sólida, con la intención de incorporarse.
     ¿Cuándo había sido la última vez que había desenganchado? ¿Diez años? Seguro que más. Aquella vez no había sido tan desagradable. Esta vez alguna maldita sujeción de la silla tenía que haber cedido bajo su peso y jubilarse sin avisar.
     Aunque el golpe no tuvo que ser lo único que lo saco de la Red. Bien sí. Vamos, estupendo. En su caída tuvo que llevarse consigo algún chisme de vital importancia. Solo que con la poca luz que había era muy difícil identificarlo.
     Trato de librarse de los cableados que abrazaban su cuerpo exactamente en el mismo lugar desde hacía décadas. Se percató de que algunos estaban mimetizados a sus extremidades bulbosas. La única manera de apartarlos era cortarlos o arrancarlos así que pensó que más tarde se encargarían de ello.
     Tanteó un poco más el suelo y alcanzó a sujetar una caja pequeña y aplanada. Le cabía en la palma de la mano. Con esas cerillas encendió su último yute, hacía ya una suma considerable de años, en el último control. Consiguió encender una casi milagrosamente.
     Agitó un poco la cabeza y miró hacia su mitad inferior. La luz anaranjada alivió un poco su embotamiento. Vislumbró un amago de gangrena incipiente en uno de las protuberancias que engalanaban lo que otrora había sido el pie de un atleta en plena forma física. Perfecto.
     Decidió que no le apetecía de ninguna manera averiguar qué aspecto tenía su cara. Podría vomitar durante el proceso, desesperarse y desear no haber vendido su cerebro a los malos de la película. Pronto detectarían el contratiempo y vendrían a por él. Devolverían su trasero purulento a la vieja silla, lo asegurarían con tiras nuevecitas, quizás con algún material que no conocía, y engancharía en la Red como una bala.
     Un indicador parpadeó. “04 nov. 2074”. Aquellos hijos de puta lo habían dejado flotando en un suero de bytes veintitrés años y ocho meses más de la cuenta. Lo que en total ascendía a 43 años sin ningún tipo de autoría sanitaria. O al menos la visita de una de aquellas batas de laboratorio de carácter más bien medroso y rancio. La última vez había resultado ser un veinteañero de pelo grasiento que realizó su trabajo con autentica desgana.
     Le preocupaba la cantidad de años transcurridos sin que se le hubiera concedido una revisión médica. También le preocupaba el hecho de que los trabajadores no tuviesen manera de averiguar el paso del tiempo fuera de la Red. Un buen tema para el sindicato.
     Rezó con todas sus fuerzas para que la empresa no hubiera cambiado de manos y algún jefe hubiese decidido abandonar a los trabajadores a su suerte, cerrando almacenes y tapiando oficinas. No. Decidió que eso no sería posible. Resultaba más económico inocular cualquier virus barato, quizás alguno ruso, y provocar muerte cerebral. Luego unos litros de gasolina y el problema de los administrativos quedaría resuelto sin mucho más melodrama.

     Ahora solo le quedaba balbucear como un infante y retorcerse hasta que llegaran los refuerzos. 


No hay comentarios: