La penumbra era casi absoluta, a excepción de algunos
chispazos verdes. El ambiente caluroso y el aire enrarecido.
Adivinó a través
del tacto su cuerpo abotagado, sus extremidades inferiores en semifusión, con
textura de tubérculo. Tanteo su regazo. Maldición. Sus piernas parecían ya la
extraña mutación de un boniato. Y los dedos de la mano; definitivamente no los
recordaba así la última vez.
¿Cómo había caído
de su silla? Trató de arrastrarse por el suelo pegajoso y alcanzar patéticamente
cualquier estructura sólida, con la intención de incorporarse.
¿Cuándo había sido
la última vez que había desenganchado? ¿Diez años? Seguro que más. Aquella vez
no había sido tan desagradable. Esta vez alguna maldita sujeción de la silla
tenía que haber cedido bajo su peso y jubilarse sin avisar.
Aunque el golpe no
tuvo que ser lo único que lo saco de la Red. Bien sí. Vamos, estupendo. En su caída tuvo que llevarse consigo
algún chisme de vital importancia. Solo que con la poca luz que había era muy
difícil identificarlo.
Trato de librarse
de los cableados que abrazaban su cuerpo exactamente en el mismo lugar desde
hacía décadas. Se percató de que algunos estaban mimetizados a sus extremidades
bulbosas. La única manera de apartarlos era cortarlos o arrancarlos así que
pensó que más tarde se encargarían de ello.
Tanteó un poco más
el suelo y alcanzó a sujetar una caja pequeña y aplanada. Le cabía en la palma
de la mano. Con esas cerillas encendió su último yute, hacía ya una suma
considerable de años, en el último control. Consiguió encender una casi
milagrosamente.
Agitó un poco la
cabeza y miró hacia su mitad inferior. La luz anaranjada alivió un poco su
embotamiento. Vislumbró un amago de gangrena incipiente en uno de las
protuberancias que engalanaban lo que otrora había sido el pie de un atleta en
plena forma física. Perfecto.
Decidió que no le
apetecía de ninguna manera averiguar qué aspecto tenía su cara. Podría vomitar
durante el proceso, desesperarse y desear no haber vendido su cerebro a los
malos de la película. Pronto detectarían el contratiempo y vendrían a por él. Devolverían
su trasero purulento a la vieja silla, lo asegurarían con tiras nuevecitas,
quizás con algún material que no conocía, y engancharía en la Red como una bala.
Un indicador
parpadeó. “04 nov. 2074”. Aquellos hijos de puta lo habían dejado flotando en
un suero de bytes veintitrés años y ocho meses más de la cuenta. Lo que en
total ascendía a 43 años sin ningún tipo de autoría sanitaria. O al menos la
visita de una de aquellas batas de laboratorio de carácter más bien medroso y
rancio. La última vez había resultado ser un veinteañero de pelo grasiento que
realizó su trabajo con autentica desgana.
Le preocupaba la
cantidad de años transcurridos sin que se le hubiera concedido una revisión
médica. También le preocupaba el hecho de que los trabajadores no tuviesen
manera de averiguar el paso del tiempo fuera de la Red. Un buen tema para el
sindicato.
Rezó con todas sus
fuerzas para que la empresa no hubiera cambiado de manos y algún jefe hubiese
decidido abandonar a los trabajadores a su suerte, cerrando almacenes y
tapiando oficinas. No. Decidió que
eso no sería posible. Resultaba más económico inocular cualquier virus barato, quizás
alguno ruso, y provocar muerte cerebral. Luego unos litros de gasolina y el
problema de los administrativos quedaría resuelto sin mucho más melodrama.
Ahora solo le
quedaba balbucear como un infante y retorcerse hasta que llegaran los
refuerzos.
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