miércoles, 30 de diciembre de 2015

Belén sin estrella

—Soy la puta Virgen María. La que se quedó preñada sin habérselo pasado ni medio bien. El azul es mi color. Hace juego con el blanco.
    Patrick había arrastrado más de medio kilómetro por la acera un trozo bastante amplio de tela azul, ahora impregnada de suciedad, hasta el agujero. En ese momento se divertía posando con él, como intentando sacar belleza de la fibra. Ajustándola al torso y jugando con las sombras. Luego se aburrió y la abandonó en una esquina, justo debajo de la hamaca. Eso me irritó bastante.
    —¿Y a ti quién te dijo que trajeras hasta aquí esa mierda?
    —¡Shh calla se podría enfadar!
    —¿Enfadarse quién? ¿El trapo? ¿Te has tomado las pastillas hoy? Mira que... —no pude acabar la frase porque Patrick soltó una exclamación.
    —¡Las dejé en la caja de Conguitos! —y ahí seguirían en la misma caja, en alguna parte de su cerebro —Y a todas estas, ¿por qué tienes ese nombre tan ridículo? ¿Se lo robaste a algún brahmán?
    —Algún día acabaré contigo, óyeme bien. Te ahorcaré con esa asquerosa hamaca.
   —Y un cojón, a mí no me mata nadie salvo la muerte —emitió un chillido que pretendió ser una risotada—. Markenda, M A R K E N D A, en mayúsculas y separado, K E N D A M A R, M E R K A D A N, M A D K E N R A… podríamos llamarte tan solo “Mad” ¿no tendría más chicha?
    Y allí se quedó un buen rato el tío. Intentando encontrar un anagrama resultón al nombre que mi buena madre decidió ponerme. Fue un día que se enganchó a las novelas para televisión baratas, ambientadas en una India falsa e imaginaria. No había presupuesto para más. Mi madre se enamoró del morenazo, amante de la protagonista ciega. Porque en todas las novelas de este mundo hay una ciega que luego vuelve a ver. ¿Ay doctor se pondrá bien? Y vigile usted que no llegue la lagarta a ahogarla con la almohada. Vigile usted bien señor mío.

    Pol llegó sonado como de costumbre de la mano de una muchacha muy aprovechable. Esta llevaba al cuello una de esas Canon carísimas, regalo de papá, a conjunto con una tira ancha para colgarla, regalo de mamá, moteada de dibujos de gatos gordos, de esos que reflejan perfectamente los vicios de este mundo loco del siglo equis equis palito.
    De los que comen manteca de maní con un palo de selfie y siguen siendo monos.
   Miraba con una especie de estupor y fascinación mi encantador hogar. No debió parecerle bien el par de cucarachas acostumbrado. Ni tampoco la mirada desvaía de mi compañero Patrick, en pleno éxtasis de mierda.
    En cuanto mi interés sexual se calmó un poco me pregunté qué demonios estaba haciendo Pol con aquella niña en Mi Casa. Y sobre todo qué venía a buscar allí. Y más aún por qué no había utilizado uno de los pocos katas que había aprendido en la primaria para aplastar su linda cabeza y huir con el regalo, que más tarde se transformaría en lo de siempre.
      Pol la miraba con una especie de histerismo y ganas, como si a poco que desapareciéramos se la fuera a tirar no importaba dónde. No era del todo feo, de hecho era el mejor de los tres, el que más papeletas tenía para llevarse una titi al catre. Parecía que ni siquiera él se creía su fortuna. Tenía huevos. Ni siquiera yo me hubiese llevado a un ligue a esa pocilga. Si tú no tienes sitio fin de la historia nena. Ah perdón, olvidaba que no te gusta que te llamen nena, nena.
    —¿Qué pasó? —su saludo habitual. Para él siempre pasaba algo.
    —Nada tío, todo okey. El par de cadáveres ya están donde deben —miré el bote de sosa de una de las estanterías con gravedad. Patrick lo había chuleado una vez que se tupió vete-tú-a-saber-qué en vete-tú-a-saber-dónde y el agujero empezó a oler más de lo habitual. Disfruté un momento del resultado, reflejado en la cara paliducha de la piba.
    —Venga que estoy de coña, cariño. ¿No vas a decirnos cómo te llamas ya que el capullo de tu colega Pol no te presenta?
    —Morgana —resolvió seca y escuetamente. Me cayó mal. A partir de ese momento solo desee que abriera la boca para hacer mamadas.
    Patrick soltó otro berrido.
    —¿Pero qué es esto? ¿La Convención de Nombres más Absurdos del Planeta empezados por Eme? Uy…eme. ¡Eme sí! ¡Eme! ¿Nadie tiene un poco?
     Pol ofreció a la nena un lugar donde sentarse, concretamente en Mi Sillón.
   —¡Eh! Cuidado no me lo ensucien —por supuesto que ya estaba más que sucio pero quería imponer autoridad.

    Más tarde comprendí lo que había venido a hacer aquí. La Morginina era estudiante de segundo año en la escuela de Bellas Artes y como todos los que no saben meter un lápiz por vereda, y muchos menos un pincel, había escogido la rama de fotografía para saciar el hueco de su ego.
    Un hueco gordo y nauseabundo. Seguramente lleno de pelos.
    Quería hacer un ciclo de fotos poco convencional y atrevido. Hasta su retórica me daba ganas de vomitar. Y aunque lo dijo con la verborrea propia de los que pretenden ser unos entendidos, lo cierto es que, en resumen, se había adentrado en una casa de yonkis para ser la más underground de su círculo de cafres artistuchos, de rayas pintadas en lienzos y performances de garbanzos sin cocer.
    De hecho, estaba dispuesta a tirarse a un yonki para conseguirlo. Bueno, a ver, Pol estaba bueno, hasta yo lo haría si me fuera el rollo. Pero era un yonki joder. Eso era indiscutible. Los chicos malos, qué morbo, qué morbo.
   Quería hacernos posar a los tres como la estampita de un Nacimiento, versión sórdida y moderna. Qué cucada. El trapo de Patrick resultó ser un maldito vaticinio. A Pol le pareció una idea buenísima, de hecho se ofreció a ser el Jesús. Patrick es un marica a él lo ponemos de María y a Marki de padre putativo, porque es una puta. Putativo, puta, putativo, puta… ¿oíste puta? Que me diga de dónde saca tanto ingenio que me voy a buscar un trozo.
     Realmente lo que tenía este era más hambre que el forro de un catre. 
    —¿Y que ganamos nosotros, encanto? —le pregunté a Morgana.
    —La posibilidad de pasta. Si gano el concurso les doy una parte.
    —¿Viste Marki? Solo tendrás que estarte quietecito un rato —dijo Pol.
    —Aún así quiero algo por adelantado. Y si no a escupir a la calle. Tienes unas cuantas casas más como esta en el vecindario.

    Que me digan por qué me metí en esto. Por la pasta claro pero ¿no hay formas más decentes? Tomar prestado sin devolver luego y esas cosas. Pensaba todo eso mientras me comía el crujir de paredes del piso de arriba.
    —Pues esta buena la muchacha —Patrick dijo la primera cosa con sentido de la tarde —. Aún así creo que somos unos pringados —segunda cosa con sentido de la tarde.
    —Tú eres el pringado, yo el colega del pringado.
    —¿Sabes que hago cuando se me pone dura en momentos incómodos?
    A santo de qué venía eso ahora.
    —¿De verdad crees que me interesa?
    —Pienso en todos los niños que murieron con las bombas nucleares.
    —¿Solo niños? A los niños se les fabrica rápido hombre. Piensa en todas esas cabezas maduras reventadas por el Tío Sam —los niños y el futuro, el futuro y los niños, la historia de siempre.
    —Pues eso, que pienso en toda esa mierda y se me baja al momento.
    —¿Se te puso dura?

    Por la mañana comenzamos con el circo. Patrick insistió en ponerse el trapo y Morgana no lo discutió. Maldito trapo. Estupendo, estupendo, superauténtico. ¿No podríamos tener más luz? ¿Alguien podría poner una jeringa en aquel lado? Mira niña, no te pases.
    —¿Y qué representa todo esto? Porque alguna explicación habrá que dar digo yo —pregunté.
    —¿No has escuchado la frase “La religión es el opio del pueblo”? El señor Bakunin sabía de lo que hablaba.
    Bakunin sí, y tu madre también, capulla.
   —Me alegra tratar con gente leída —concluí. Desde luego, hoy en día el que no sabe es porque no quiere.

    La verdad es que, al final, las fotos no quedaron del todo mal. Yo con la cabeza medio ladeada, mi perfil bueno, con un tablón de palé en la mano. Patrick y su sonrisa de pirado sin paleta, las manos en posición de rezo y las Adidas carcomidas por debajo del trapo. Pol en paños menores, las plantas de los pies negras y los puños con los pulgares hacia arriba.
    Mierda, no. Bien miradas, eran realmente horribles. Pero expresaban cosas. Cosas con furia nihilista. Así lo repitió una y otra vez la chiquilla. Le dije que guardara fuerzas para los folletos de su expo, que no se equivocara de soporte con su cháchara sin sentido. Me miró con el morro torcido. Jódete ya.
    Ya podía imaginar a la tía en una de las casas antiguas del casco viejo, remodelada, con el patio central masacrado, de pulido blanco, pero con el hidráulico aún en su sitio, guardando la esencia pero adaptada a los nuevos tiempos. Pasando por alto las normativas de patrimonio cultural, así tranquilamente.
    Señor mío, estoy desvariando.
    El caso es que me la imaginaba ahí. Copas de champán de plástico. De asqueroso plástico que luego se recoge rápido. Y salchichitas vegano-probióticas para todos esos comedores de hierba y pegatinas, con sus camisetas hechas en Bangladesh y tinta china en la piel. En las paredes sus fotos, nuestras caras. Con los marcos pintados a permanente, por fuera. Más estilo.
    Me pregunté quién limpiaría esa mierda luego.
    Todos adorando a su Bakunin con el estómago lleno de soja verde, de digestión lenta. Discutiendo tramas cinematográficas de directores coreanos. Y por supuesto, luego la crónica hecha imágenes, inyectada en el suero de bytes. El de color azul.
           
    La nena se fue nada más terminar, con el trabajo hecho. Al final la pasta acordada se quedó en un par de birras. Maldita cabrona. Pol salió otra vez vete tú a saber dónde y yo me quedé en mi rincón, con mi caja llena de hombrecitos y césped. A lo mejor me salía algo de pasta en la quiniela. Patrick a mi lado, intentando destripar con un cuchillo un cepillo de dientes eléctrico convencido de que hallaría en él un secreto valioso que ofrecer al mundo.
    —¿Te acuerdas de la vez que Pol apareció con Katrina-plástico-turgente? —se mordía la lengua intentando concentrarse. El cepillo comenzó a girar enloquecido y se le escurrió de las manos.
     —¡Apaga esa mierda joder! —casi me saca un ojo con la chorrada— ¿Y en realidad no se llamaba Caterina-plástico-turgente?
     —Katrina, Caterina…la misma estupidez.
     —¿No la había pillado en una máquina expendedora?
     —Y no me quiso decir en cual.
     —No jodas —cuando Pol se aburrió de ella le quemó la cara con el mechero, le puso un collar de perro y me la dejó colgada de una esquina. Qué miedito daba.
     —El caso es que también trajo chistorras de máquina expendedora.
     —Pues no las probé.
     —Pues tampoco estaban muy buenas.
     —¿Y porque demonios venden eso? —mi equipo iba ganando por dos puntos pero aún así no me fiaba— ¿quién necesita chorizo a las dos de la madrugada?
     —¡Todos los sarasa y muertos de hambre, maldita sea! No te creas, si supiera donde está iba a por unas cuantas.
     —¿Pero no estaban malas? —nos acababan de meter gol.
     —Es por contar la batallita nada más.
     El partido acabó en un par de minutos sin novedad, lo que significaba que mi bolsillo tendría al día siguiente algo más que pelusa. La idea me reconfortó un poco y sonreí levemente.
     Como para cargarse mi estado de armonía momentáneo, Patrick comenzó con una de sus historias.
     —Sabes que, estaba yo en mi pueblo, cuando todavía era un chiquillo y aún no salía del calimocho, y con la tontería mi colega y yo acabamos en el único local donde pasaba algo divertido los fines de semana. Casa Fiestas Albuquerque lo llamaban. Salía una copita de Martini en el cartel de neón, aunque la aceituna tenía la lámpara jodida y nunca parpadeaba. Pero no era el típico puticlub como todo el mundo creía, no. Allí las parejas liberales hacían intercambios. Cosa fina. Llegamos allí sin planteárnoslo. Todo por culpa de la Gorda Joe.
    —¿La gorda Joe?
    —La Gorda Joe, con mayúsculas. Una señorona inglesa de pellejo rosáceo y una flor tatuada en el pecho Así, difuminada por el paso de los años. Y nada, que entramos y no me preguntes cómo, pero allí me quedé solito, en un salón con sillones de tapete y una tele con porno barato. Ni rastro de mi colega. Y La Gorda Joe que se me ponía cariñosa, uno con sus 17 y los ojos como platos. Al final solo se acabó subiendo los refajos para enseñarme el piercing que llevaba entre las piernas.
     —¿Los refajos?
     —¡Todos los refajos hermano!
     Arrugué el gesto de imaginármelo. Un escalofrío me recorrió el espinazo. Después me contó el chiste de los plátanos y la leche condensada y ahí sí que le mandé a coger aire a la ventana mientras yo me retiraba a la hamaca deseándole buenas noches.

     Creo recordar que al final Morgana-cara-de-banana sí que ganó el premio pero, al menos yo, nunca vi nada de ese dinero. 

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