—Soy la puta Virgen María. La que se quedó preñada sin
habérselo pasado ni medio bien. El azul es mi color. Hace juego con el blanco.
Patrick
había arrastrado más de medio kilómetro por la acera un trozo bastante amplio de
tela azul, ahora impregnada de suciedad, hasta el agujero. En ese momento se
divertía posando con él, como intentando sacar belleza de la fibra. Ajustándola
al torso y jugando con las sombras. Luego se aburrió y la abandonó en una
esquina, justo debajo de la hamaca. Eso me irritó bastante.
—¿Y a ti quién te dijo que trajeras hasta aquí esa mierda?
—¡Shh calla se podría enfadar!
—¿Enfadarse quién? ¿El trapo? ¿Te has tomado las pastillas
hoy? Mira que... —no pude acabar la frase porque Patrick soltó una exclamación.
—¡Las dejé en la caja de Conguitos! —y ahí seguirían en la
misma caja, en alguna parte de su cerebro —Y a todas estas, ¿por qué tienes
ese nombre tan ridículo? ¿Se lo robaste a algún brahmán?
—Algún día acabaré contigo, óyeme bien. Te ahorcaré con esa
asquerosa hamaca.
—Y un cojón, a mí no me mata nadie salvo la muerte —emitió
un chillido que pretendió ser una risotada—. Markenda, M A R K E N D A, en
mayúsculas y separado, K E N D A M A R, M E R K A D A N, M A D K E N R A…
podríamos llamarte tan solo “Mad” ¿no tendría más chicha?
Y allí se
quedó un buen rato el tío. Intentando encontrar un anagrama resultón al nombre
que mi buena madre decidió ponerme. Fue un día que se enganchó a las novelas para
televisión baratas, ambientadas en una India falsa e imaginaria. No había
presupuesto para más. Mi madre se enamoró del morenazo, amante de la
protagonista ciega. Porque en todas las novelas de este mundo hay una ciega que
luego vuelve a ver. ¿Ay doctor se pondrá
bien? Y vigile usted que no llegue la lagarta a ahogarla con la almohada.
Vigile usted bien señor mío.
Pol llegó sonado como de costumbre de la mano de una muchacha muy aprovechable. Esta llevaba al cuello una de esas Canon carísimas, regalo de papá, a conjunto con una tira ancha para colgarla, regalo de mamá, moteada de dibujos de gatos gordos, de esos que reflejan perfectamente los vicios de este mundo loco del siglo equis equis palito.
De los que comen manteca de maní con un palo de selfie y siguen siendo monos.
Miraba
con una especie de estupor y fascinación mi encantador hogar. No debió
parecerle bien el par de cucarachas acostumbrado. Ni tampoco la mirada desvaía
de mi compañero Patrick, en pleno éxtasis de mierda.
En
cuanto mi interés sexual se calmó un poco me pregunté qué demonios estaba
haciendo Pol con aquella niña en Mi Casa. Y sobre todo qué venía a buscar allí.
Y más aún por qué no había utilizado uno de los pocos katas que había aprendido
en la primaria para aplastar su linda cabeza y huir con el regalo, que más
tarde se transformaría en lo de siempre.
Pol
la miraba con una especie de histerismo y ganas, como si a poco que
desapareciéramos se la fuera a tirar no importaba dónde. No era del todo feo,
de hecho era el mejor de los tres, el que más papeletas tenía para llevarse una
titi al catre. Parecía que ni siquiera él se creía su fortuna. Tenía huevos. Ni
siquiera yo me hubiese llevado a un ligue a esa pocilga. Si tú no tienes sitio fin de la historia nena. Ah perdón, olvidaba que
no te gusta que te llamen nena, nena.
—¿Qué
pasó? —su saludo habitual. Para él siempre pasaba algo.
—Nada
tío, todo okey. El par de cadáveres ya están donde deben —miré el bote de sosa
de una de las estanterías con gravedad. Patrick lo había chuleado una vez que
se tupió vete-tú-a-saber-qué en vete-tú-a-saber-dónde y el
agujero empezó a oler más de lo habitual. Disfruté un momento del resultado,
reflejado en la cara paliducha de la piba.
—Venga
que estoy de coña, cariño. ¿No vas a decirnos cómo te llamas ya que el capullo
de tu colega Pol no te presenta?
—Morgana
—resolvió seca y escuetamente. Me cayó mal. A partir de ese momento solo desee
que abriera la boca para hacer mamadas.
Patrick
soltó otro berrido.
—¿Pero
qué es esto? ¿La Convención de Nombres más Absurdos del Planeta empezados por
Eme? Uy…eme. ¡Eme sí! ¡Eme! ¿Nadie tiene un poco?
Pol
ofreció a la nena un lugar donde sentarse, concretamente en Mi Sillón.
—¡Eh!
Cuidado no me lo ensucien —por supuesto que ya estaba más que sucio pero quería
imponer autoridad.
Más
tarde comprendí lo que había venido a hacer aquí. La Morginina era estudiante
de segundo año en la escuela de Bellas Artes y como todos los que no saben
meter un lápiz por vereda, y muchos menos un pincel, había escogido la rama de
fotografía para saciar el hueco de su ego.
Un hueco
gordo y nauseabundo. Seguramente lleno de pelos.
Quería
hacer un ciclo de fotos poco convencional
y atrevido. Hasta su retórica me daba ganas de vomitar. Y aunque lo dijo
con la verborrea propia de los que pretenden ser unos entendidos, lo cierto es
que, en resumen, se había adentrado en una casa de yonkis para ser la más underground de su círculo de cafres
artistuchos, de rayas pintadas en lienzos y performances de garbanzos sin
cocer.
De
hecho, estaba dispuesta a tirarse a un yonki para conseguirlo. Bueno, a ver,
Pol estaba bueno, hasta yo lo haría si me fuera el rollo. Pero era un yonki
joder. Eso era indiscutible. Los chicos malos, qué morbo, qué morbo.
Quería
hacernos posar a los tres como la estampita de un Nacimiento, versión sórdida y
moderna. Qué cucada. El trapo de Patrick resultó ser un maldito vaticinio. A
Pol le pareció una idea buenísima, de hecho se ofreció a ser el Jesús. Patrick es un marica a él lo ponemos de
María y a Marki de padre putativo, porque es una puta. Putativo, puta,
putativo, puta… ¿oíste puta? Que me diga de dónde saca tanto ingenio que me
voy a buscar un trozo.
Realmente
lo que tenía este era más hambre que el forro de un catre.
—¿Y
que ganamos nosotros, encanto? —le pregunté a Morgana.
—La
posibilidad de pasta. Si gano el concurso les doy una parte.
—¿Viste
Marki? Solo tendrás que estarte quietecito un rato —dijo Pol.
—Aún
así quiero algo por adelantado. Y si no a escupir a la calle. Tienes unas
cuantas casas más como esta en el vecindario.
Que
me digan por qué me metí en esto. Por la pasta claro pero ¿no hay formas más
decentes? Tomar prestado sin devolver luego y esas cosas. Pensaba todo eso
mientras me comía el crujir de paredes del piso de arriba.
—Pues
esta buena la muchacha —Patrick dijo la primera cosa con sentido de la tarde —.
Aún así creo que somos unos pringados —segunda cosa con sentido de la tarde.
—Tú
eres el pringado, yo el colega del pringado.
—¿Sabes
que hago cuando se me pone dura en momentos incómodos?
A
santo de qué venía eso ahora.
—¿De
verdad crees que me interesa?
—Pienso
en todos los niños que murieron con las bombas nucleares.
—¿Solo
niños? A los niños se les fabrica rápido hombre. Piensa en todas esas cabezas
maduras reventadas por el Tío Sam —los niños y el futuro, el futuro y los
niños, la historia de siempre.
—Pues
eso, que pienso en toda esa mierda y se me baja al momento.
—¿Se
te puso dura?
Por
la mañana comenzamos con el circo. Patrick insistió en ponerse el trapo y
Morgana no lo discutió. Maldito trapo. Estupendo,
estupendo, superauténtico. ¿No podríamos tener más luz? ¿Alguien podría poner
una jeringa en aquel lado? Mira niña, no te pases.
—¿Y
qué representa todo esto? Porque alguna explicación habrá que dar digo yo
—pregunté.
—¿No
has escuchado la frase “La religión es el opio del pueblo”? El señor Bakunin
sabía de lo que hablaba.
Bakunin
sí, y tu madre también, capulla.
—Me
alegra tratar con gente leída —concluí. Desde luego, hoy en día el que no sabe
es porque no quiere.
La
verdad es que, al final, las fotos no quedaron del todo mal. Yo con la cabeza
medio ladeada, mi perfil bueno, con un tablón de palé en la mano. Patrick y su
sonrisa de pirado sin paleta, las manos en posición de rezo y las Adidas
carcomidas por debajo del trapo. Pol en paños menores, las plantas de los pies
negras y los puños con los pulgares hacia arriba.
Mierda,
no. Bien miradas, eran realmente horribles. Pero expresaban cosas. Cosas con furia nihilista. Así lo repitió una y
otra vez la chiquilla. Le dije que guardara fuerzas para los folletos de su
expo, que no se equivocara de soporte con su cháchara sin sentido. Me miró con
el morro torcido. Jódete ya.
Ya
podía imaginar a la tía en una de las casas antiguas del casco viejo,
remodelada, con el patio central masacrado, de pulido blanco, pero con el
hidráulico aún en su sitio, guardando la esencia
pero adaptada a los nuevos tiempos. Pasando por alto las normativas de
patrimonio cultural, así tranquilamente.
Señor
mío, estoy desvariando.
El
caso es que me la imaginaba ahí. Copas de champán de plástico. De asqueroso plástico
que luego se recoge rápido. Y salchichitas vegano-probióticas para todos esos
comedores de hierba y pegatinas, con sus camisetas hechas en Bangladesh y tinta
china en la piel. En las paredes sus fotos,
nuestras caras. Con los marcos pintados a permanente, por fuera. Más estilo.
Me
pregunté quién limpiaría esa mierda luego.
Todos adorando a su Bakunin con el estómago lleno de soja verde, de digestión
lenta. Discutiendo tramas cinematográficas de directores coreanos. Y por
supuesto, luego la crónica hecha imágenes, inyectada en el suero de bytes. El
de color azul.
La
nena se fue nada más terminar, con el trabajo hecho. Al final la pasta acordada
se quedó en un par de birras. Maldita cabrona. Pol salió otra vez vete tú a
saber dónde y yo me quedé en mi rincón, con mi caja llena de hombrecitos y
césped. A lo mejor me salía algo de pasta en la quiniela. Patrick a mi lado,
intentando destripar con un cuchillo un cepillo de dientes eléctrico convencido
de que hallaría en él un secreto valioso que ofrecer al mundo.
—¿Te acuerdas de la vez que Pol apareció con Katrina-plástico-turgente? —se mordía la lengua intentando concentrarse. El cepillo comenzó a girar enloquecido y se le escurrió de las manos.
—¿Te acuerdas de la vez que Pol apareció con Katrina-plástico-turgente? —se mordía la lengua intentando concentrarse. El cepillo comenzó a girar enloquecido y se le escurrió de las manos.
—¡Apaga
esa mierda joder! —casi me saca un ojo con la chorrada— ¿Y en realidad no se
llamaba Caterina-plástico-turgente?
—Katrina,
Caterina…la misma estupidez.
—¿No
la había pillado en una máquina expendedora?
—Y
no me quiso decir en cual.
—No
jodas —cuando Pol se aburrió de ella le quemó la cara con el mechero, le puso
un collar de perro y me la dejó colgada de una esquina. Qué miedito daba.
—El
caso es que también trajo chistorras de máquina expendedora.
—Pues
no las probé.
—Pues
tampoco estaban muy buenas.
—¿Y
porque demonios venden eso? —mi equipo iba ganando por dos puntos pero aún así
no me fiaba— ¿quién necesita chorizo a las dos de la madrugada?
—¡Todos
los sarasa y muertos de hambre, maldita sea! No te creas, si supiera donde está
iba a por unas cuantas.
—¿Pero
no estaban malas? —nos acababan de meter gol.
—Es
por contar la batallita nada más.
El
partido acabó en un par de minutos sin novedad, lo que significaba que mi
bolsillo tendría al día siguiente algo más que pelusa. La idea me reconfortó un
poco y sonreí levemente.
Como
para cargarse mi estado de armonía momentáneo, Patrick comenzó con una de sus
historias.
—Sabes
que, estaba yo en mi pueblo, cuando todavía era un chiquillo y aún no salía del
calimocho, y con la tontería mi colega y yo acabamos en el único local donde
pasaba algo divertido los fines de semana. Casa Fiestas Albuquerque lo
llamaban. Salía una copita de Martini en el cartel de neón, aunque la aceituna
tenía la lámpara jodida y nunca parpadeaba. Pero no era el típico puticlub como
todo el mundo creía, no. Allí las parejas liberales hacían intercambios. Cosa
fina. Llegamos allí sin planteárnoslo. Todo por culpa de la Gorda Joe.
—¿La
gorda Joe?
—La
Gorda Joe, con mayúsculas. Una señorona inglesa de pellejo rosáceo y una flor
tatuada en el pecho Así, difuminada por el paso de los años. Y nada, que
entramos y no me preguntes cómo, pero allí me quedé solito, en un salón con
sillones de tapete y una tele con porno barato. Ni rastro de mi colega. Y La
Gorda Joe que se me ponía cariñosa, uno con sus 17 y los ojos como platos. Al
final solo se acabó subiendo los refajos para enseñarme el piercing que llevaba
entre las piernas.
—¿Los
refajos?
—¡Todos
los refajos hermano!
Arrugué
el gesto de imaginármelo. Un escalofrío me recorrió el espinazo. Después me
contó el chiste de los plátanos y la leche condensada y ahí sí que le mandé a
coger aire a la ventana mientras yo me retiraba a la hamaca deseándole buenas
noches.
Creo
recordar que al final Morgana-cara-de-banana sí que ganó el premio pero, al
menos yo, nunca vi nada de ese dinero.
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