Aquella gente tenía los rasgos esculpidos a golpe de viento.
Redondeados, ralos, sin pronunciaciones exuberantes, todos ellos provistos de
labios gruesos y cejas tupidas. La
vegetación, encorvada, como escudriñando la tierra reseca por si algo de agua
se le había escapado, agachadita a su pesar buscando cobijo a ras de suelo; la
orografía calma; las piedras sin esquinas. Todo parecía sostener con dignidad,
desde tiempos anteriores a la memoria colectiva, el ininterrumpido trabajo del
más enervante de los elementos.
Quizás
la carencia de aristas y la profusión de formas sin recovecos habían educado a
aquel pueblo en la sencillez y la ausencia de provocación. Aquella no era
tierra de huracanes belicosos ni tempestades aparecidas a destiempo, tampoco de
acontecimientos sorpresivos. Todo transcurría sin sobresaltos, todo acorde a la
fluidez del viento. Un poniente infatigable que recordaba la virtud de la
constancia y que cuarteaba mis labios foráneos, recién llegados a la isla.
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