viernes, 6 de febrero de 2015

Viento

Aquella gente tenía los rasgos esculpidos a golpe de viento. Redondeados, ralos, sin pronunciaciones exuberantes, todos ellos provistos de labios gruesos y cejas tupidas.  La vegetación, encorvada, como escudriñando la tierra reseca por si algo de agua se le había escapado, agachadita a su pesar buscando cobijo a ras de suelo; la orografía calma; las piedras sin esquinas. Todo parecía sostener con dignidad, desde tiempos anteriores a la memoria colectiva, el ininterrumpido trabajo del más enervante de los elementos.

       Quizás la carencia de aristas y la profusión de formas sin recovecos habían educado a aquel pueblo en la sencillez y la ausencia de provocación. Aquella no era tierra de huracanes belicosos ni tempestades aparecidas a destiempo, tampoco de acontecimientos sorpresivos. Todo transcurría sin sobresaltos, todo acorde a la fluidez del viento. Un poniente infatigable que recordaba la virtud de la constancia y que cuarteaba mis labios foráneos, recién llegados a la isla.    

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