Los hermanos, todo piel oscura y cejas onduladas, ropa dandy y solapas, charlaban con la
espalda sobre un muro, una de esas tantas amanecidas de aire frío.
—Anoche
fue mal, pero la siguiente irá mejor —Jacques miró su copia viva de ceño
fruncido.
—Cuando me
caiga a pedazos tan solo te pido que me lleves donde mamá y me repartas sobre
el mármol.
—Quizás
con un poco de adhesivo... —Jacques dibujó una mueca torcida. A cambio recibió
un puñetazo que le dejó fragmentos de piel en la mejilla morena.
—¡Qué asco
joder! —Diego sacudió la mano. Algunas partículas más flotaron en los tímidos
rayos de luz que iban surgiendo recortados por las antenas, los ladrillos
desnudos y el mediocre arte callejero esbozado con spray— dame un poco de cáncer, con suerte el pulmón se me llevará
antes que esta mierda.
Fumó con
rabia el liado que le pasó una mano idéntica a la suya, sin ampollas ni arrugas
veteadas.
Hermanos a
pesar de todo. Frecuentaban las calles y resaltaban, con terciopelo sintético y
trajes de corte a rayas, del mobiliario callejero, mate y tecnificado. Quienes
les conocían adoraban narrar su historia. Contaban que su madre parió primero a
Jean-Jacques, y que este le pareció tan hermoso nada más salir de sus entrañas
que mandó a clonar otro idéntico, llamado Diego, para así tener un niño
predilecto para cada ojo.
Los
primeros síntomas llegaron sin mucha preocupación, Diego los achacó a una
intoxicación alimentaria adquirida en uno de los tugurios sin ventanas que
solían frecuentar cuando necesitaban algo de comer. Fideos picantes y un poco
de cerdo agridulce revenido, seguro que era eso. Y lo siguió pensando aún
cuando las erupciones y la tos se agravaron.
Recuerda
haber dicho basta la mañana que escupió su primer esputo sanguinolento. Ese
mismo día acudió, junto a su hermano, a un anciano sabido de mundo, uñas
inmensas y ennegrecidas, inquilino de una oscura habitación mohosa. De entre
todas las baratijas, Diego solo recordaba la hilera de cabezas colgadas del
techo, profusamente peinadas y dispuestas según el color de pelo.
—¿De
plástico? ¿Años ochenta? —poseía un don especial para la catalogación de
chucherías antiguas, cotizadas si su conservación era buena.
—Estas
pequeñas me hacen compañía, a veces incluso sus respuestas son inteligentes —la
risa del viejo se entremezcló con una tos seca— ¿Cuántos años tienes joven?
—Diecisiete
y medio —se quitó el sombrero, como un amago de saludo sin terminar, y lo apoyó
sobre una repisa cubierta de tarros opacos.
—¿Gemelos?
—el anciano entrecerró los párpados abombados con sospecha.
—Parto
natural y copia —afirmó a su vez Jacques, señalándose primero a sí mismo y
luego a su hermano. Este le miró con rabia al tiempo que se apartaba el
flequillo de la frente.
—Así que
una clonación. El momento de las secuelas siempre llega, pero uno ya sabe lo
que ocurre cuando se juega con fuego —miró al aludido con pesar— creo que van a
necesitar un lanzador, y rápido.
—¿Un qué?
Eso había
ocurrido la semana anterior. Diego sufría sin saberlo desde hacía varias
semanas una enfermedad degenerativa, única por su condición de copia, llamada
vulgarmente lepra. El dictamen del anciano fue más que claro: el hermano réplica
se descompondría a trozos irremediablemente y la degeneración continuaría su
marcha exponencial hasta desembocar, en el mejor de los casos, en un Fallo
Multiorgánico.
—Verás que
esta noche encontramos lanzador, por ahora busquemos algo de comer —dijo
Jacques. Caminaron algunos callejones hasta un establecimiento subterráneo de
paredes aceitosas.
Ni
siquiera un Sunday Lunch consiguió
levantarle los ánimos a Diego. Dejó finos pellejos de piel en el tenedor de
aluminio y el borde del vaso cubierto por una película babosa y desagradable.
Los médicos advirtieron del peligro y las
posibles consecuencias inimaginables de la abominación que pretendía cometer su
madre. Señalaron con escándalo que la generación experimental de copias tan
solo estaba dando sus primeros tanteos. A Mamá poco le importaron los avisos.
Ella había leído en una revista, tal y como dijo "científica y muy
seria", que ya era posible la clonación.
Mamá era
muy rica en ese momento, realmente rica. Se había acostumbrado con facilidad a
obtener lo que quería de manera fácil, inmediata y efectiva. Demasiadas veces
había comprobado lo rápido que se podían enmudecer bocas y torcer convicciones
introduciendo la cantidad de dinero suficiente en las cuentas adecuadas.
Ella tan
solo quería otro Jean-Jacques; no era pedir demasiado y podía pagarlo. No era justo que una mujer con instinto maternal
superdesarrollado no pudiera satisfacer sus deseos.
Dijo
aquello haciendo pucheros al director del hospital, dijo aquello con grititos
histéricos a la directora del instituto de clonación y dijo aquello con una
sonrisa de suficiencia cuando le entregaron su segunda criatura, un mes más
tarde del primer nacimiento.
Fue el
último gesto egoísta antes de que su economía se fuera a pique. La pequeña
familia pasó sus últimos años a las afueras, mamá daba clases de inglés para
pagar el alquiler, recordando los viejos tiempos en los que miraban un
Kandinski cada vez que cruzaban el rellano de la escalera.
Mamá se había ido seis meses atrás, cuando ya
ni siquiera las inyecciones de morfina resultaron un consuelo para el dolor de
su larga enfermedad y cuando el escaso dinero que le quedaba no alcanzó para un
trasplante metálico.
Desgraciadamente,
la orfandad era un mal escasamente pagado en aquellos tiempos y mamá solo había
dejado deudas solapadas. Hermano uno y hermano dos no alcanzaban, ni con los
muchos trapicheos, a costear una solución duradera para Diego.
—¡Puta
caprichosa!–Diego recordaba y sollozaba bajito, no quería ofender a su elegante
traje a rayas–. La odio.
Permanecieron
en el sótano hasta el mediodía bebiendo mistelas y diciéndose el uno al otro lo
desgraciados que eran, al camarero y a todo aquel que tuviera la mala suerte de
plantar las nalgas en el asiento contiguo en la barra. Finalmente salieron,
cuando el sol apenas se distinguía allá arriba, tras un penacho de nubes
grisáceas.
—Espera
hermano, espera —Diego se inclinó apoyando la palma de la mano en una pared
cubierta de escayola desconchada. De su boca salieron a borbotones bilis y
sangre. Algunos fragmentos medio digeridos y el líquido vital en una mezcla
descompuesta.
—¡Joder
tío! ¿Estás bien? Todo esto no me gusta nada —Jacques lo miró con apuro.
—No paso
de mañana hermano, me voy a la mierda —Diego apenas podía hablar. De sus
comisuras colgaban restos de vómito color rojizo.
—Vamos, la
calle proveerá —no recordaba dónde había oído esa frase por primera vez.
Esa noche
acabaron, definitivamente, en un mal callejón pero cuando se dieron cuenta era
demasiado tarde para dar la vuelta. Un corro de chupas negras y brillos tibios
de tachuelas bajo la luz anaranjada de la farola. Fumaban droga apoyados en el
ladrillo desnudo mirando fijamente la pared de enfrente y sin charlar entre
ellos. Jacques y Diego esperaron inútilmente pasar de largo sin aguantar un
chaparrón.
—Vaya
piltrafa que estás hecha, amigo —una de las chupas se dirigió a Diego—, para
echarte en los macarrones.
El resto
de capullos rieron la gracia. Era una de esas viejas series de televisión. Una
escena típica en la que el personaje de malo malísimo y pretencioso se rodea de
chimpancés hormonados para asegurarse de que está lo suficientemente protegido
cuando escupe sus tonterías. Pobre estúpido, seguramente resto del tiempo,
cuando estaba solo, se limitaba a mirar al sueño como el cagueta que era.
—¡Cállate
gilipollas! Y te hago un favor, normalmente no me dirijo a nadie que no sepa
liar un porro como es debido —contestó el aludido.
El gorila
miró el liado de hachís que sostenía entre el índice y el pulgar con exagerada
rimbombancia y esbozó una mueca. Luego lo lanzó al alquitrán polvoriento.
—¿Alguien
quiere una ración de hostias? —comenzó a buscar a tientas, sin dejar de
mirarlos, la gruesa cadena de eslabones que colgaba de sus vaqueros
desgastados.
Diego
volvió a encontrarse mal. El vómito le subió a toda velocidad por la garganta,
quizás como un reflejo de su rabia, y fue a aterrizar con gran escándalo sobre
las botas puntiagudas de aquel tipo. Pensó que, por una vez, sus fluidos
incontrolables servían para algo. Las salpicaduras también alcanzaron a algunos
de sus esbirros.
Silencio total por varios segundos
interminables. El capullo era incapaz de articular palabra, como si le
estuviera constando un gran esfuerzo asumirlo todo. Era imposible que alguien
se hubiera atrevido a ultrajar el cuero de sus botas de aquella manera tan poco
elegante. Finalmente reaccionó.
—¡Ahora sí
que la cagaste maldito imbécil! ¡Te voy a sacar la poca piel que te queda a
golpes y cuando haya terminado limpiaré la cadena con tu colega!
Diego
metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un pequeño objeto redondeado
y oscuro. Lo enarboló por unos instantes, para que todos fueran conscientes de
lo que se trataba y, rápidamente, se aproximó al capullo, que ya había
reaccionado dando un respingo hacia atrás.
Lo sujetó
firmemente por la cabeza, sumergiendo los dedos en su cabello casposo y tiró de
ella hacia abajo mientras le colocaba el dispositivo a la altura de la sien. El
resto de simios formaron un semicírculo diseminado y poco a poco fueron
reculando temerosos.
—Mueve un
solo pelo y no seré yo el único que acabe con la carne desparramada por el suelo.
¿Crees que tengo miedo? ¿Cuánto crees que me queda? ¿Una semana? Quizás menos.
Ahora me divierto aplastando cabezas tío. En serio, vuelve a gemir y ni
siquiera oirás a tu cerebro hacer capum
—dijo Diego casi susurrándole al oído. Como reafirmando su sorpresiva toma de
poder, le vomitó un poco de sangre en la cara.
—Suéltame tío,
vamos. Mira a mis colegas, están cagados de miedo. Suéltame y nos iremos.
—Antes me
vas a decir dónde encontrar un lanzador y más te vale que no sea un farol.
—Vale, sí.
Hay una tipa, una gabacha. Se dedica a vender mierda pero creo que también hace
otras cosas. Vive a cinco calles de aquí.
—¿Dónde
vive exactamente? —tiró con más fuerza hacia atrás.
—Espera
joder, estoy recordando. Un edificio. Algo y esmeralda. Piso once.
—Muy bien,
ahora fuera de aquí. ¡Fuera de mi vista!
Lo lanzó
bien lejos. El capullo cayó de rodillas pero enseguida se puso en pie y salió
corriendo seguido de su escolta.
Jacques
miró a su hermano con expresión histérica. Esperó a que se hubieran alejado lo
suficiente para interrogarlo.
—¿Tío,
desde cuando tienes una jodida triple-a? ¿Y por qué no me lo has dicho antes?
Diego rió.
No recordaba la última vez que lo había hecho. —En realidad es un viejo mando
de coche y da la casualidad de que el led se parece bastante a un implosionador
—le mostró la argucia. Al pequeño dispositivo le faltaba un botón. Incluso le
colgaba una anilla niquelada para usarlo como llavero—. No pensé tener que
utilizarlo nunca. Y ahora, déjame unos minutos tío. Tengo ganas de vomitar y
esta vez no es la lepra. Joder, que miedo acabo de pasar.
Una vez
hubo vaciado el estómago por enésima vez comenzó a marearse. Quemada la última
dosis de adrenalina, Diego comenzó a perder las pocas fuerzas que le quedaban a
una velocidad alarmante. Ya apenas podía hablar.
—¡Eh no!
¡No, no! Arriba ese ánimo colega —Jacques lo sujetó, con un brazo sobre sus
hombros, y lo sacudió un poco con la esperanza de infundirle coraje—. ¡Ya
estamos sobre la pista!
Salieron del callejón dando tumbos y, tras
algunos interrogantes, encontraron el edificio Esmeralda 3, un bloque opaco y
fragmentado. Piso once, puerta desconocida. Jacques ayudaba a caminar a su
hermano sujetándolo por los hombros, descascarillados bajo la tela a rayas y la
camisa de algodón. Llegaron a un pasillo aparentemente sin fondo, con una
bombilla solitaria en lo alto. Tres puertas. En las dos primeras no
contestaron. Solo podía ser la tercera. Finalmente una mirilla de rejilla
metálica se abrió bruscamente y tras ella aparecieron unos ojos azules y
ribeteados.
—¿Qué
quieren? ¿Qué traen? ¿Panfletos? ¿Flores? ¿Caramelos? Nada de lo que tengan me
puede interesar —la mujer escupió las palabras con un profundo y desagradable
acento francés.
—¡Espera!
Queremos hablar de negocios. Sabemos a qué te dedicas.
—¿Soy
famosa? ¿Y quién es el cabrón que airea mis intimidades por ahí? –un hilillo de
humo traspasó la rejilla. Entrecerró los ojos con desconfianza.
—¡No se
trata de eso! Mira, mi hermano está en las últimas y su única alternativa…
¡Joder! ¿Querrías dejarnos entrar? ¡La cosa es seria!
—Tienen un
minuto —la puerta se abrió solo el espacio suficiente para que se colaran en
fila.
Aquello
era un loft fabricado a la fuerza.
Habían eliminado los tabiques a golpe de martillo, exceptuando la separación
entre el baño y el resto del espacio. Una pared de baldosas anaranjadas y
decoradas con viejos iconos señalaba el lugar en el que debía situarse la
antigua cocina.
Un escritorio
inmenso, infestado de colillas, libros, monitores y trozos de metal
indescifrables ocupaba el fondo de la estancia, bajo un ventanal. Desde allí
las vistas eran impresionantes. Hasta los edificios sórdidos ganaban en buena
presencia y las calles se mostraban apetecibles y bulliciosas. Esa noche no
colgaba más que Venus de la cartulina negra y sin nubes.
—Treinta
segundos —la mujer se sentó en un taburete de gomaespuma.
—Mi nombre
es Jean-Jacques y este es mi hermano Diego. Dinos tu nombre al menos.
—Me llamo Rita.
Bonito negocio han hecho con ustedes. Sé perfectamente qué es lo que buscan —dio
un trago a un vaso con líquido color caramelo— A mi pesar, me dedico a limpiar
la mierda que la ciencia se deja en los pañales y a salvar pellejos –soltó una
risotada– en este caso al revés.
—Entonces
¿estamos en el sitio indicado?
—Conozco
muy bien las clonaciones, si es a eso a lo que te refieres.
Diego
comenzó a sacudirse y un hilillo de sangre resbaló de su boca.
—Jesús,
agarra esto —Rita recogió una palangana situada cerca de la ventana y se la
pasó. En tiempos anteriores fue de color verde.
—Gracias —Diego
trataba de acompasar la respiración con los intervalos cortos de vómito
sanguinolento.
—En fin
chico, te propongo dos alternativas: o te quedas temporalmente colgado en la
Red mientras buscamos un anfitrión forzoso o le hacemos otra copia a tu hermano
—recogió distraídamente un pedazo de hachís de la mesa y lo aplastó entre las
uñas intentando darle forma con la fricción—, claro que no me hace mucha
ilusión introducir una mente adolescente en el cuerpo de un recién nacido. Y
tampoco creo que Jacques quiera hacer de niñera. Además dentro de tres lustros,
más o menos, te estarás cayendo a trozos de nuevo y tendrás que volver a
buscarme. Sabe dios dónde andaré metida para esas fechas. Tú decides.
—No sigas,
¿por dónde empezamos a buscar víctima? —el simple hecho de imaginarse como una
criaturita regordeta y sin dientes era más de lo que podía soportar.
—Me temo
que eso será trabajo de tu hermano —lo miró con expresión grave— no puedes
esperar mucho más tiempo. Pero tranquilo, mis archivos son como hoteles de
cinco estrellas, estarás cojonudamente cómodo y bien seguro.
—¿Y si no
me gusta el anfitrión? –vomitó otro poco en la palangana.
—No tienes
muchas elecciones hijo.
—Perdona Rita
pero se me olvidaba decirte que no tenemos dinero.
—Entonces
laven esa palangana en el grifo que está al fondo y váyanse por donde han
venido a paso ligero —giró con un bufido sobre su taburete, dándoles la espalda,
y se dedicó a sus cuatro pantallas de treinta pulgadas.
—¡Rita,
tienes que ayudarle joder! La va a palmar muy pronto —Jacques sostenía a su
hermano al tiempo que intentaba mantener una expresión lo suficientemente
agresiva como para convencer a aquella francesa de pelo parduzco.
—¿Y quién
te crees que soy chico? —se giró toscamente con el tabaco en la comisura— Las
hermanas de la caridad están tres cuadras hacia el sur si no me equivoco.
Consulten una guía y preséntense allí con la misma historieta. Verán qué risa.
—¡Precisamente
por eso eres la única que puede hacer algo! ¡Lleguemos a un acuerdo!
—Olvídalo,
todo el mundo sabe que una copia siempre tiene menos días que contar que un
humano y sin dinero no hay nada que hacer.
—Entonces
no te quito más tiempo —dijo con mirada cáustica. Ambos hermanos salieron
renqueando por la puerta, agarrados el uno al otro por los hombros y sin
molestarse siquiera en cerrarla.
Rita se
quedó mirando la puerta abierta escupiendo humo y escuchando el zumbido eléctrico
que emanaba de los aparatos. Aquel sonido familiar acompañaba su vida desde que
empezó fortuitamente en la profesión cuando aún era una chavala. Reconfortante
como el ronroneo de un gato. Acuérdate,
te arrepentirás por haberles ayudado. Salió al pasillo comunitario. Los
hermanos estaban a punto de doblar la esquina en dirección a la escalera.
—¡Anda,
vuelve aquí grandísimo cabrón! —gritó dirigiéndose a Jean-Jacques. El eco
resonó con la misma claridad que la de un auditorio. El muchacho dio y respingo
se giró con gesto turbio.
De nuevo
en su asiento, Rita comenzó a explicarle las condiciones al tiempo que apagaba
la colilla en una lata aplastada.
—Bien,
este es el trato: ambos tendrán que pagarme el encargo haciendo de correo —señaló
unos enormes fardos situados en la esquina contraria. Jacques imaginó que se
trataría de alguna droga sintética nueva, a juzgar por las desconocidas siglas
pintadas a permanente negro en cada uno— y por supuesto, Jacques, el trabajo de
búsqueda de anfitrión corre de tu cuenta, así veré si hay talento para estos
negocios o si estoy haciendo tratos con un par de inútiles. ¡Y una cosa más! —hurgó
en una gaveta salpicada de pintura— Asegúrate de que la víctima se toma esto
antes de que arrastres su trasero hasta aquí —le lanzó una bolsita autosellada
llena hasta la mitad de cristales translúcidos.
—¿Qué es? —Jacques
examinó su contenido. Olía a polvos pica-pica machacados.
—Digamos
que te facilitará la tarea y no recordará nada en el caso de que consiga huir.
—Vamos,
que me tengo que camelar primero al anfitrión, invitarle a tomar algo e
introducir esta aspirina machacada en su copa.
—¡Improvisa!
También puedes dejarle sin sentido de un golpe y deslizarle la droga por la
garganta.
—¿No crees
que será un poco sospechoso cargar con una persona inconsciente por todos los
malditos barrios de la ciudad hasta este agujero?
—¡Oye
niño, ya te he dicho que es tu jodido trabajo!
Jacques
resopló pero evitó continuar con las réplicas. Aquella tipa les estaba salvando
el trasero. Rita se levantó de su asiento y comenzó a disponer todo lo
necesario para el traspaso.
—Entonces
comencemos sin más preámbulos. Tú, precioso, te toca ponerte en acción de nuevo
—besó con ridículo aprecio una consola negra mate de bordes redondeados. Ambos
hermanos se miraron por el rabillo del ojo al unísono.
—¿Pero qué
haces? —preguntó Diego.
—Esto, mi
estimado, es lo que va a permitir que salgas de esa mortaja putrefacta y te
quedes flotando en pleno paraíso ciberespacial. Si muy pocos tienen un dual en
estas condiciones en sus filas, nadie en todo este cochino planeta cuenta con
las mejoras que me encargado de administrarle.
—Si tú lo
dices —Diego se llevó el dedo índice a la sien mirando a su hermano.
—Ahora ven
y siéntate —le señaló una silla con respaldo y reposabrazos, cubierta de film
transparente. La dentista loca de la consola.
Diego se
aproximó con debilidad y se encaramó patéticamente al asiento.
—Bien,
antes que nada, ¡esto! —Rita le introdujo un tubo de silicona en la garganta
sin ninguna delicadeza con el objetivo de drenar los vómitos. Debido a la
brusquedad un trozo de labio se despegó y la carne comenzó a sangrar. A
continuación, lo ató de pies y manos al asiento con unas correas que ella misma
había diseñado.
—¿Es
necesaria tanta precaución para entrar en la Red? —señaló Diego con voz apenas
entendible.
—¿Pero tú
te crees que esto es solo una visita a los Castillos de Hielo? ¡La Red será tu
líquido amniótico! ¡Consciente o inconscientemente serás parte de ella! ¡No es tan simple como verla desde fuera a través de la limitación de una
interfaz! Mira, te daré una golosina ¿vale? Te ayudará a no hacer preguntas
estúpidas y quizás yo pueda concentrarme en mi trabajo.
Le
administró una vía con narcóticos. El monitor de signo vital parpadeaba con su
característico pitido rítmico. La trama de receptores colocados en la base del
cráneo. Ultimadas las formalidades, Rita tomó su posición entre teclados y
monitores. Jacques pudo ver desde atrás algunos códigos en caracteres verde
flúor. Desde luego, ciertas cosas nunca cambiarían.
—¿Estás
preparado Diego? Agárrate que vienen curvas —el aludido tenía los ojos en
blanco y su cabeza reposaba inerte sobre el respaldo. Rita ahogó una carcajada
al ver semejante escena.
El dual
comenzó su zumbido frenético y Rita se mordió la lengua para concentrarse.
Tecleos rápidos y sucesión interminable de códigos alfanuméricos.
—¿Y ahora
qué? —Jacques estaba inquieto en su asiento de plástico.
—Ahora te
callas o te echo a la calle.
La consola
emitió un pitido insoportable que se elevó por encima de los escandalosos
zumbidos que emitían todos y cada uno de los cerebros informáticos contenidos
en aquella habitación.
Jacques
miró a su hermano. No se había movido ni un centímetro desde que el opiáceo
entró en su torrente sanguíneo. Lo cierto es que Diego estaba hecho un guiñapo.
La extrema descamación de su piel en algunas zonas era ya un revoltijo de
fragmentos purulentos y algunas zonas rezumaban sangre oscura y espesa. Había perdido
el pelo de las cejas por completo y el fragmento de labio colgaba de manera
macabra.
El dual
remitió su alboroto. Rita le había endosado con muy mal gusto una tira led en
las aristas a modo de adorno. Verde, rosa, amarillo. Ahora azul. Los colores proyectaban
sobre el paciente y hacían aún más siniestra la operación.
Jacques se
estremeció. Desearía haber tomado él también un poco de ese narcótico y no ver
a su hermano en ese estado. Evitó reflejar cualquier signo de inquietud para no
desconcentrar a Rita.
La
velocidad de los pitidos en el indicador de signo vital aminoraba
paulatinamente. El pulso era cada vez más débil. Jacques se alarmó. Miró la
pantalla sobre la que trabajaba Rita pero no pudo asimilar ninguna información
que le tranquilizara. Se negó a intentar entender aquellos símbolos del averno
y los bloques de texto verde neón que los precedían. Los pitidos se
convirtieron en un único y escalofriante sonido final.
Jacques no
aguantó más.
—¡Joder,
has matado a mi hermano puta gabacha de mierda!
Rita se
giró con cara sudorosa —¡Cállate imbécil! ¿Es que esperabas que la cáscara
siguiera vivita y coleando? Diego está aquí dentro.
Jacques se
aproximó mientras Rita señalaba con el índice la línea de texto en uno de los
monitores. Un símbolo en forma de carpeta.
—¿Lo
estará pasando mal?
—No mucho
más que en estado comatoso te lo aseguro —Rita enseño los dientes a modo de
sonrisa.
La hilera
de personas, caminando hacia quién sabe dónde, acompasados como una masa
uniforme y estructurada. A primera vista seguían un patrón fijo de vestimenta y
andares. Jean-Jacques escupió al asfalto. No iba a resultar fácil encontrar un
anfitrión aceptable y a gusto de su hermano. ¿Bajito y cabizbajo? Descartado.
Ese tenía dientes muy estropeados. Dios, ese sí que no. Ese tampoco. Joder.
Aquello iba a ser el cuento de nunca acabar. Suspiró.
Ese era el
comienzo. El problema vendría cuando le tocara cargar la mercancía. Estaba oscureciendo.
Había pasado el resto de la noche anterior ayudando a Rita a licuar la carne de
su hermano en cal viva. Cocinado como un trozo de res en un consomé cáustico.
Rita dijo
que conocía a un tipo que comerciaba con huesos humanos y se los endilgaba a
coleccionistas y aficionados al arte relacionado con el memento mori. Explicó a Jacques que la descomposición de la carne
sería casi instantánea debido al avanzado estado de la lepra. Efectivamente,
aquello fue como deshacer una pastilla efervescente en agua.
La
degeneración de copia no afectaba a los huesos. Lo comprobaron muy bien cuando
fueron retirando, uno a uno, cada fragmento de esqueleto, con paciencia y
meticulosidad. Jacques accedió de mala gana a sacrificar el cuerpo de Diego de
manera poco honorable con la esperanza de rebajar la deuda.
—Por
supuesto, la cabeza es lo más preciado —Rita examinó las vetas sinuosas que
unían cada hueso craneal a la luz del foco de su mesa—. Con esto hacen
lámparas.
—Quítame eso
de las narices, no quiero ver nada más —Jacques hizo una mueca de asco—. Y
porque no tenemos dinero, no creas que me hace feliz todo esto.
—Quién
sabe, puede que tu hermano acabe de expendedor de papel y que algún patán
opulento lo utilice a diario para limpiarse el culo —rió aporreando la mesa con
tanta fuera que un montón de huesecillos cayeron al suelo.
Cuando la
luna inició su excursión en el telón de fondo Jacques aún seguía en medio de
aquella masa multiforme. Vagaba sin rumbo fijo y con un nudo en el estómago. No
tenía ni idea de cómo iba a drogar a un tipo que tuviera más o menos su edad y
arrastrarlo hasta el apartamento de Rita sin levantar sospechas. Las viejas
escaramuzas, los hurtos y los pequeños timos no eran nada en comparación con
aquello. De repente fue consciente de la responsabilidad que se le venía
encima.
Reanudó el
paseo. Una fina llovizna de principios de invierno comenzó a caer sobre los
transeúntes, empañando los carteles interactivos que cuajaban las fachadas. Una
calle tan céntrica no era el mejor escenario para lo que se disponía a hacer.
Acortó
caprichosamente por una calle algo estrecha en dirección norte. El paisaje
urbano seguía siendo el mismo que en todas partes. Cables y alambres desnudos,
como cajas torácicas abiertas a la luz de las farolas, y algunos escaparates de
comercios alimentados con fluorescentes ruidosos y titilantes.
Un
disparo. Ahora otro. Paró en seco intentado distinguir algún sonido por encima
de su respiración entrecortada y el bombeo de sangre golpeando en sus oídos.
Gritos femeninos. Un cristal roto. Los disparos no habían ocurrido muy lejos.
Chapoteó a
toda velocidad por el cemento, y giró a la derecha. Por allí no era. Un
callejón sin luz. Volvió sobre sus pasos y tomó una bocacalle que terminaba en
unas escaleras bañadas en luz naranja. Saltó los escalones de dos en dos y
aterrizó en una pequeña plazoleta mal iluminada.
En el
mismo centro dos armarios trataban de arrebatarle un arma a una muchacha
delgada e histérica. Su camisa blanca estaba manchada de sangre a un costado.
Uno de los tipos sujetaba un objeto afilado.
—¿Y si
estoy como una cabra qué?
—Vamos
chiquilla, a papi no le hará gracia saber que utilizas sus cosas.
—¡Que le
den a él! ¡Que les den a ustedes!
—En
realidad con que nos devuelvas el arma bastaría.
—No
bastaría —dijo el otro gigante.
—¡Cállate
gilipollas! —el del cuchillo le apuntó con el filo.
La
muchacha sollozó un poco. Jacques se había escondido tras un montón de basura
apilada procurando respirar con tranquilidad y guardar silencio. El brillo de
la hoja que empuñaba aquel tipo le dio escalofríos. Por todos los demonios, que
aquellas cajas de cartón no le delataran.
—¡No
pienso volver! —la muchacha seguía berreando.
Jacques se
exprimió la sesera pensando en alguna idea brillante. Recordaba que por esa
zona había un bar que conocía bien. Sí, podía servir. La situación se pintaba
sola. Se alejó poco a poco de allí sin hacer ruido y, cuando estuvo lo
suficientemente lejos, echó a correr.
En la
puerta había cuatro jamaicanas fumando liados y bebiendo cerveza. Vestían
zapatos de suela gruesa y chaquetas de polipiel oscuro. Jacques entró
rápidamente en el local y analizó la situación. Doce, quizás trece tipos con
ganas de juerga, botas de punta de acero y rostros curtidos.
—Chicos,
allí hay dos gilipollas que dicen que los negros son lo peor.
—¿Dónde?
—varios de ellos, los más cercanos, soltaron su cerveza de un estampido en la
barra y se pusieron en pie.
—Ahora
están jodiendo a una chiquilla, allí al final de las escaleras, en la plaza. Yo
conseguí escapar de milagro. Uno lleva un cuchillo.
—¡Oye
chaval no te los lleves muy lejos! ¡No quisiera cerrar hoy antes de la cuenta!
—el camarero dijo aquello con una sonrisa. Le faltaban algunos dientes pero el
resto se mantenían en buen estado, sorprendentemente blancos bajo unos labios
carnosos y oscuros.
Funcionó.
En un instante el bar quedó desierto, a excepción del patidifuso camarero,
entretenido en secar algunos vasos con el extremo de su delantal grasiento. Como
el pastor de un rebaño enfurecido, Jacques guió al grupo por las callejuelas,
jarras de cristal en mano, hacia la plazoleta.
Cuando
llegaron, los dos gigantes seguían exactamente en la misma posición que antes.
Una de las jamaicanas de la puerta, con el mismo impulso de la carrera, empotró
su jarra vacía sobre la nuca del tipo del cuchillo. Este cayó al suelo como un
saco de harina y el cuchillo rodó por los adoquines. Su compañero se dio la
vuelta sorprendido y alarmado, pero justo ese instante tres tipos de la manada
se le tiraron encima y comenzaron a sacudirle por ambos lados.
Jacques los
dejó divertirse con sus cadenas y sus jarras, mientras buscaba a la chica. Se
había retirado a una esquina sin saber muy bien cómo reaccionar.
—Vámonos
de aquí —Jacques no perdió más tiempo.
—¿De dónde
sales tú?
—¿Prefieres
quedarte? —la muchacha negó con la cabeza—. Bien, entonces sígueme.
Jacques
avanzaba delante de ella, guiándola por las callejuelas semidesiertas hasta que
oyó un sonido a su espalda. La chica había caído al suelo. ¿Quizás debería? Le
daría el cristal, le llevaría a casa de Rita y luego pensaría qué hacer. Aquella
herida le preocupaba.
—¿Pero
esto qué es? ¿Me traes una tipa malherida para que haga el cambio? —Rita abrió
rápidamente la puesta y Jacques y la chica cayeron como dos sacos contra el
suelo.
—¡Las
cosas salieron así! Ahora no me pongas nervioso Rita, hay que coser la herida
—se levantó de un salto y arrastró el cuerpo de la chica hacia dentro para
cerrar la puerta.
— ¿Herida?
¿Qué herida? ¿Le diste el cristal? ¡Júrame por todos los dioses que le diste el
cristal!
—¡Le di el
maldito cristal! Le cosemos la herida, la dejamos lo suficientemente drogada
hasta que se recupere y ya está. Cambio y corto.
—¡Desde
luego es el trabajo más chapucero que he visto en mi vida! ¡Ni siquiera es del
mismo sexo que el huésped! —Rita se arrodilló, rasgó la camisa de la muchacha
hasta la axila y contempló el corte— Putain!
—Supongo
que sabes cómo arreglar estas heridas.
—¡Claro
que sí! ¡Todos los días me traen fulanas inconscientes a casa para que les
zurza cortes hechos en dios sabe dónde! —puso los ojos en blanco y comenzó a
hurgar en una de las gavetas. Se acercó con una bolsa desbaratada llena de
gasas, alcohol etílico, una aguja, hilo y mechero— espero que tenga la
antitetánica.
—¿Vas a
coserlo con eso?
—Cuando
era una chiquilla nos hacíamos los agujeros de las orejas así, no debe ser muy
distinto.
Rita se
lavó ambas manos con un poco de alcohol, sujetó la aguja por un extremo y la
quemó con el mechero, luego la aclaró con un chorro de alcohol y la enhebró con
el hilo, tintado extrañamente de color naranja flúor. Finalmente hizo un nudo
en el extremo de la hebra, como si fuera a hilvanar un dobladillo.
Jacques
contempló toda la operación arrepintiéndose y preguntándose cómo había dejado
una tarea manual en manos de una artista de lo inmaterial. —Vamos allá— Rita se
inclinó sobre la chica y engarzó torpemente un pliegue de piel con el otro.
Unió el corte con puntadas más o menos decentes y finalizó con un punto de
cierre. Remató la faena con un chorrito más de alcohol y sonrió satisfecha.
Una
bombilla de luz negra cercana transformó el zurcido en un ribete naranja y
escandaloso sobre la piel azabache de la muchacha. Entre los dos la colocaron, todavía
inconsciente, en un jergón junto a la puerta.
—Se va a
morir —Jacques suspiró angustiado.
—No digas
tonterías —Rita alzó una ceja—. Entonces ¿has decidido que sea ella el
anfitrión? Siendo tú no me lo pensaría mucho, estoy segura de que tu segunda
cacería será aún más penosa que esta —sonrió con sarcasmo. A su pesar, Jacques
coincidió con ella—. Eso sí, cuando Diego eche en falta algo entre las piernas
no moveré un dedo para evitar la paliza.
—Creo que
no hay muchas opciones —miró a la muchacha y sintió lástima.
Un
disparo. Jacques creyó que estaba en la plazoleta de nuevo. La muchacha le
había volado la cabeza a uno de los gigantes mientras él observaba la escena
escondido en el mismo montón de basura. De nuevo el mismo disparo, el mismo
sonido unísono como una grabación. Ese fue el que lo despertó. Otro más, ruido
y por fin, silencio.
Salió del
cubículo, que Rita le había proporcionado para echar una cabezada, con cautela,
lentamente, sin respirar. Se trataba de un camastro empotrado a la pared y
separado escuetamente del resto de la estancia con un simple biombo de palmeras
desteñidas. Enfocó la vista y creyó ver a Rita estirada en el suelo, con una de
las estanterías cubriendo su cuerpo hasta la cintura y los leds serpenteando
sobre las fisuras de la madera agrietada. Le asaltó una sensación confusa, como
un golpe bajo el esternón, que duró varios segundos, aún con la mirada
adormecida y el cerebro embotado.
—¡Joder,
Rita! —se incorporó rápidamente y corrió hasta donde estaba ella. Un hilillo de
sangre asomaba de su nariz. La camiseta marfil totalmente impregnada de rojo.
Miró hacia la puerta. Estaba abierta y ligeramente desplazada en los goznes. El
jergón estaba vacío— ¿Qué coño ha pasado?
—Quisiera
saber de dónde salió tu amiga.
—¿La
conocían?
—¡Se la
han llevado en volandas maldita sea!
—¿Cómo no
me han volado la cabeza a mí también?
—¡Ni
siquiera sabían que estabas ahí!
—¿Sabían? ¿Cómo eran?
—Más grandes que esta estantería y provistos de muy buenos argumentos.
Rita
intentó arrastrarse bajo el peso del mueble para liberar las piernas pero
sintió un dolor agudo en el muslo derecho y en el pecho.
—Genial,
nunca me gustaron las piscinas
Jacques se
inclinó y pudo ver con horror como un reguero de sangre iba convirtiéndose en charco
a la luz negra de la bombilla y el chisporroteo de los leds. ¿En qué momento lo habían seguido? No podían haber sido los tipos de la plaza, pero aún así alguien más, alguien que ni él mismo alcanzaba a imaginar, tenía que disponer de un lugar en aquella ecuación.
—Agarra
una de esas unidades —Rita escupió un poco de sangre y señaló trabajosamente
una repisa con libros—, y tráeme un tabaco, hazme el favor. El mechero está
dónde siempre.
—¿Qué?
—¡Hay que
poner a tu hermano en algún sitio, estúpido! ¡Hazlo antes de que empiece
desvariar por la falta de sangre!
—¿Crees
que la vas a palmar? ¿Tú no eras la que sabías coser heridas?
—¿Quieres
callarte de una vez y darte prisa?
—¡Tiene
que haber algo con lo que bloquear esa arteria! —Jacques comenzó a buscar
inútilmente, lanzando todo cuanto encontraba a la otra esquina de la
habitación— Una cuerda ¡Algo! ¿No puedo usar yo mismo el dual? —se acercó al
aparato, que ahora lucía una perfecta circunferencia de calibre 9 justo en el
centro— ¡Mierda!
—Pero… ¡cállate
ya por todos los demonios! ¡Si quieres sacar a tu hermano de ahí date prisa de
una vez!
Finalmente,
Jacques hizo lo que le pedía. Puso un tabaco en la comisura de su boca y lo
encendió —Entonces dime qué hacer.
Rita le
indicó los pasos tosiendo el tabaco negro e injuriando en su idioma materno.
—Formatea.
—¿Qué dices?
—Bórralo
todo cuando acabes y quema toda esta mierda.
—¿Te
volviste loca del todo?
—¡Hazme
caso! Con suerte le prenderemos fuego también al piso de la vieja que
vive en el doce. Y a sus estúpidos gatos —hizo una breve pausa—. Tráeme esa bolsa de plástico que está encima de la mesa —Jacques distinguió algunas hipodérmicas y una confusión de bolsitas autoselladas, cristales y pequeños frascos.
Por suerte para Rita, sea cual fuere la sustancia que se inyectó, hizo pronto su efecto. Se dejó dormir tarareando para sí una extraña canción ininteligible, meciéndose suavemente con un ligero chapoteo. Tú piensa que no se entera de nada. Maldita idiota, no era tarde para ti. Fue lo último que se dijo Jacques antes de abandonar el piso definitivamente.
Días más tarde, en un café, volvió a recordar las perezosas llamaradas asomando por la ventana del onceavo expuestas al tenue amanecer que se anunciaba, con su clarear pausado. Sentado junto a una de las ventanas del establecimiento, contemplando el asfalto a través del velo de suciedad impregnado en el cristal.
Miró la unidad de almacenamiento que reposaba encima de la mesa. Apuró su café
y la recogió, sopesando su tacto en la mano. —¿Cómodo?— La introdujo en el
bolsillo de su chaqueta y salió a la calle.

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